+EL JUSTICIERO DE LA ALCOTANA+

 

Sabía que bajo el puente estaba mi víctima.


No la vi la única vez que me importunó, pero luego una foto suya me lo confirmó y su imagen quedó grabada en mi mente como una pesadilla. Un mes después seguía allí, quebrantando la vida de la gente decente con su acechanza impune. Se me había metido en la cabeza y no estaría en paz hasta que la borrase de este mundo. Pues sin duda este mundo sería mucho más feliz sin seres tan repugnantes. Su sentencia estaba decidida.


Sería mi primera baja.


El día elegido me llegué a las inmediaciones.


No lo podía negar: estaba nervioso. Pero excitado. Era un justiciero.


A la caída de la tarde la divisé imperturbable, ansiosa. Vagué en chándal a un ritmo trotón durante las horas en que hubo luz; tras la puesta de sol regresé al coche y me equipé con prendas de camuflaje: zapatillas, bufanda y chándal; todo en azul marino. Y mis guantes de piel negra. Ya saben: ni llamar la atención ni huellas.


Me armé con una buena piedra, que escogí sobre la marcha, y entré en la recta final de mi tarea.


Primero un largo rodeo. Luego, tras asegurarme una vez más de que no había testigos en las cercanías, bajé sigiloso por el terraplén hacia mi víctima.


Qué sola. Qué impía. Qué perversa. Aun así dudé. Coches. Coches rápidos la mayoría, pero algunos frenaban. ¿Me habrían visto? ¿Sospecharían?


Me subí la bufanda hasta los ojos, crispé mi mano sobre la piedra y, aprovechando mi posición de alerta y furia, me lancé.


Fue llegar y golpear. El gruñido de aquella alimaña me resultó que tenía algo de estupor, de indiferencia. Y sin perder más tiempo ni preámbulos, me precipité a una cascada de golpes hasta rematar mi misión. De pronto, me sentí agotado.

 

Estaba exhausto. Me pareció oír voces. Eché a correr.

 

Corrí enloquecido, extraviado. No recordaba dónde había dejado el coche.


Finalmente di con él. Proseguí la huida, ahora volando sobre ruedas.


Qué chapuza. ¡Qué puta chapuza!


En los días siguientes ningún medio de comunicación hablaba de ello y yo ni siquiera me atreví a visitar el lugar de mi hazaña. Además, se imaginan el titular: «el agresor de la piedra».


Estaba claro que no debía volver a repetir la misma chapuza.


Tenía que mejorar.


Una semana después decidí reanudar mi cruzada. Quería ser reconocido por algo más elegante, eficaz pero menos confuso.


Durante varios días ensayé algunos golpes con martillos, barras de hierro, una grifa, palancas, llave inglesas.... Golpes maestros, de manera que con dos, a lo sumo tres, el resultado fuera el esperado. Nada de insistir con medios toscos perdiendo tiempo, nervios y estilo. Ja, ja.


Y en busca de éste último me dirigí a un gran centro comercial. Dediqué más de una hora a sopesar diversas herramientas. Al final me hallé dudando entre un par de ellas muy interesantes.


Una era un martillo. Tenía el inconveniente de ser demasiado pesado, y otro de menor peso involucraba un mango demasiado corto.


La otra era una alcotana, una herramienta con la que me topé y que decidí probar por pura distracción. Me sorprendió agradablemente.


Era ligera; podía esgrimirse sin gran pesadumbre. En todo momento tenía el control y el instrumento sólo cabeceaba cuando mi hábil muñeca buscaba ese efecto. Su gran versatilidad me permitiría golpear por un lado u otro obteniendo distintos efectos de corte y aniquilación. Es decir, eficacia.


Salí con ella, tan encantado como un niño con su soñado juguete.


Sé que no me defraudaría.


Impaciente, anhelante, esa misma noche decidí probarla.

 

Tuve que desplazarme unos treinta km, hasta un tramo de carretera en descampado y bastante accesible. Y es que eso de las rondas bajo los puentes ya era casi una rareza de antaño.


A la vista del objetivo, la respiración se me aceleró.


¡Parecía tan fácil!


Me senté en un tocón. Casi me dio pena. Tan solitaria, tan indefensa. Pero yo era un limpiador de malicia. Un par de golpes y a otra cosa mariposa.


Sé que mi flamante herramienta me traería suerte.

 

El asfalto presentaba rachas de mucho tráfico con otras absolutamente vacías durante 10 ó 15 segundos. Era el crepúsculo. Era el momento.


Me subí la bufanda, saqué la alcotana de mis lumbares, la así con fuerza pero sin ostentación, y marché como un corredor despistado.


Ralenticé mis pasos a fin de que pasara un enorme camión y, en la momentánea oscuridad, hice un esprín de auténtico atleta y le asesté un rápido y certero golpe en todo el ojo. Algo me salpicó a la cara y el horrible crujido —una especie de auxilio chirriante y desconsolado— me dejó un tanto alelado. Me recuperé y envié el segundo golpe con renovada precisión. Pero esta vez la azuela de la alcotana —no me pregunten cómo— se me quedó incrustada. ¡Tan fuerte y certeramente la había encajado!


Sin embargo, esto me llenó de terror.


En la intermitente claridad, atrapado, desquiciado, yo me cubría la cara con la bufanda mientras con la otra mano tironeaba con furia desesperada. Gruñía y escupía como un poseso. No quería perder mi arma. En la lejanía me pareció distinguir dos puntos azules por sobre la riada de coches. ¿Agentes de Tráfico…?


El pánico se apoderó de mí: ¡la dichosa pieza no salía!

 

Empecé a jadear, a sudar.

 

Quise gritar. Pero esto empeoraría mi situación.

 

Unas manos invisibles agarraban mi preciada herramienta. Yo tiraba y lloraba. Ag, ¿debía abandonarla…? Los puntos azules crecían en el ocaso como dos aros temblorosos, ávidos… ¡Como dos grilletes!


De repente balanceé el mango en un último tirón y, llevándomela consigo, salí disparado.


Los aros azules —los grilletes— pasaron de largo mientras yo ponía pies en polvorosa como un pringado de esos que corren a todas horas por todas partes. Nadie por mi pinta podría decir que yo no fuera un corredor: el sudor me bañaba el rostro y el gesto desencajado bien podría ser por la lucha contra el reloj. Todo un atleta. Ja, ja. Corrí tanto que me pasé el estacionamiento de mi coche. Cuando me percaté di media vuelta, sin correr. Nadie me buscaba. En la distancia podía ver mi reciente teatro de operaciones y nadie pululando en derredor. Era invencible.

 

Me sequé el sudor y empecé a tranquilizarme, a silbar.

 

Lo primero que hice al otro día fue ojear los periódicos.

 

Para mi asombro, nada mencionaban.

 

Ni los puentes ni los descampados me reportaban la más mínima publicidad. Como entrenamiento no había estado mal. Pero si quería notoriedad, tendría que acercarme más a la ciudad.


Rondé por las afueras. Elegí un objetivo junto a una carretera de circunvalación con mucho tráfico, muy conocido entre los camioneros y viajantes; a partir de la media noche lo visitaría y, de ser factible, mi alcotana entraría en funcionamiento.


Sólo que ahora, en vez de bajar un puente o abordar desde el campo raso, sería preciso escalar casi en medio de un polígono ajetreado por trabajadores pero sobre todo por puteros que podrían reconocerme y hasta atraparme si me dejaba sorprender. Mi víctima moraba en lo alto de una especie de balcón, discreta pero no completamente oculta.


Me aposté con tensión. Las luces del entorno y las de no pocos faros me delatarían. Aun así, cuando estimé que la coyuntura me era de lo más favorable, me alcé con presteza, avancé rápido en cuclillas y, esgrimiendo la alcotana sin ambages, cargué con la parte en forma de hacha contra la espalda del objetivo.


Al primer golpe mi víctima quedó trastornada, desnucada. No quise quedarme con la duda, como esos matarifes del cine que nunca acaban por ser liquidados del todo, y por eso me aseguré la alcotana y la volví a asestar con tal saña que los pies se le quebraron y cayó como fulminada por un rayo estridente.


Un pitido escandaloso se alzó desde el tránsito. Alguien me estaba denunciando o recriminando, pero por un instante se me antojó que me jaleaba. Sí, ahora que lo pienso, aquel tipo me saludó efusivamente.


No quise saber más y, dándome media vuelta, me hundí en la profundidad de la noche.


Y vaya que si me habían visto.


Tres días más tarde —¡por fin— un periódico se hacía eco de mi hazaña. Al día siguiente otro.


Y en ambos ¡sólo una mísera columna en páginas interiores!


De alguna otra manera tenía que hacer mi operación mucho más espectacular. De momento, estaba en el camino: la gran ciudad.


Volví a echar mano de la prensa. Habían dejado de referirme. Junto a una foto, un cronista desaprobaba o advertía sobre cierta «indeseable ubicación». En aquella imagen se veía claramente… mi próximo objetivo.


Si más dilación, apresté mis medios y me encaminé con tiempo suficiente hacia al teatro de operaciones.


Era una calle ancha, muy transitada y muy vigilada. Era un reto.


Con pinta de parado ocioso examiné detenidamente el lugar: la hora del ataque, las distancias y los márgenes de huida.


A la noche ya estaba apostado. Esta nueva víctima requería máxima precaución. La ciudad era mía. Estaba excitadísimo. Y aunque la hora elegida era a partir de las dos de la madrugada, era imposible actuar en plena calle sin que nadie pasara a esas horas. El corazón me galopaba en el pecho.


Acaricié la alcotana a mi espalda, bajo la ropa. Ella también estaba preparada. No podía fallar ni demorarme: apenas unos segundos, o de lo contrario me expondría a ser reconocido para terminar viéndome en uno de esos abominables retratos robot o incluso uno auténtico con mi cara de buen ciudadano. Porque me crean o no, lo soy, ya lo creo que sí.


Como les decía, avancé cauteloso, con mis andares de drogata, en una mano un cartón de vino vacío y la otra en falso cabestrillo. Sí, ya sé que un poco ridículo, pero infalible.

 

Me senté en un banco. No acababa de decidirme. Pronto amanecería. Desde mi posición podía divisar varias calles que confluían en la plaza y quienes se aproximaban, de modo que en algún momento podría disponer de esos preciosos segundos de impunidad para actuar y poner tierra de por medio. Pero siempre había algún mamarracho que pasaba o algún otro que se aproximaba intolerablemente cerca. Por fortuna, mi víctima seguía aguardando, impasible, dedicada con encono a su huraña e infatigable labor. Tenía que aniquilarla. Empezaba a perder los nervios.


El mango de la alcotana se me hundía por la raja del culo y la cruz de sus dos filos opuestos me levantaba en el espinazo escalofríos de angustia y de impaciencia.


Una hora después, aterido de rabia y desesperación —¡¿Es que la gente no duerme en esta maldita ciudad?!—, me eché mano a la alcotana con la mano del cartón, dudando un instante antes de cambiar de agarre.


Justo entonces apareció un coche de policía. Aquello era el colmo. Y venían hacia mí. Me quedé de piedra. Estaba tan cabreado que me planteé en darles unos buenos picotazos, pasar a continuación a cumplir con mi objetivo y después largarme en su estúpido coche. La idea me hizo sonreír. El poli copiloto me apuntó con su linterna sin llegar a bajarse. Balanceé el brazo en cabestrillo y llevé al frente la mano con el cartón. Se lo mostré con una sonrisa de beodo, y se fueron.

 

Absorto en el maldito coche, no reaccioné hasta que lo vi perderse al fondo de la avenida… desierta. Tan desierta como todas las demás en torno.

 

¡Los polis habían sido mi salvación!

 

Con ansia, con euforia, con más rabia que nunca, tiré el cartón y acto seguido de mi preciada herramienta y enfilé para el arco, ya sin cabestrillo, sin cartón y sin miramientos. Trepé como un mono loco y me abalancé sobre mi víctima.

 

Ya les he dicho que el primer golpe es fundamental, luego un segundo de confirmación y, por último, un tercero de gracia. Y todo en menos que les cuento esto. O de lo contrario deviene el desastre y hasta puede uno acabar «retratado». Mal asunto.

Pero estaba visto que esa noche no era la mía. Pese a la coyuntura policial, el primer estacazo lo descargué corto, tanto que casi perdí el equilibrio y de milagro no me despeñé, estampándome contra el asfalto.


Muy cerca, el luminoso de un bazar marcaba las 3:28.

 

Volví a acometer con mi alcotana. Pero esta maldita arpía no terminaba de caer, caer hecha pedazos, que es como a mí me gusta. Así que me demoré, fuera de sí, en dar y dar.

 

Finalmente, las cosas estaban como debían. Yo sudaba a chorros. Miré el luminoso: las 3:30. ¡Dos minutos de faena!

 

Un tipo que descubrí por el rabillo del ojo se giró en redondo en mitad de la calle y se quitó del medio con un muy respetable trote. Le imité, pero en dirección opuesta.


El verdadero fruto cayó a los dos días.


Esta vez me dedicaban un par de columnas, pero seguía sin ser primera plana. Las autoridades parecían algo cabreadas conmigo. No exhibían ningún retrato robot pero sí exponían una descripción bastante aproximada de mi complexión. En cuanto a mi modus operandi, no daban ni una: que si un martillo, que si una maza, que si un pico, que si un hacha de carnicero…. Bla, bla, bla. Ni puta idea.


Necesitaba un símbolo. Y ya lo tenía decidido: una alcotana vertical con su cruz arriba de cuyos filos cuelgan cadenillas con sendos platillos, parodiando la romana de la Justicia, y desde el centro del mango un ojo bien abierto, insignia de vigilancia y lucidez. Nada de vendas. Nada de engaños ni hipocresías. Hecho el distintivo, salí a plasmarlo en la siguiente acción.


Y la siguiente acción no sería menos espectacular.

 

Ya no saldría de la ciudad, no expresamente. Sino al mismo centro, sobre un puente ostentoso, iluminado y vigilado por una cámara de televisión emplazada en la cúspide de un alto poste.


Todo lo que distinguirían con claridad sería mi alcotana. Mi alcotana y mi furiosa justicia. Y las autoridades —oportunistas, mentirosas— me buscarían sin tregua. Eso esperaba: mi imagen de justiciero en la televisión. Y mi distintivo repitiéndose en todas las cadenas y todas compitiendo en sensacionalismo y estupidez. Ja, ja, ja. La fama me aguardaba.


No podía esperar más.


Reconocí, como siempre, el objetivo a cierta distancia.


Lo malo no era el golpe en sí, sino la laboriosa tarea de avanzar sin medios y sin prevención.


Esperé. Ya cerca del alba, en esa hora de doble luz en que todo se confunde y el sueño o la modorra de los despiertos es más acusada, acometí la bendita tarea.


Puede que en otra ocasión lo explique, pues ahora no tengo tiempo, pero créanme si les digo que estuve a punto de dejarlo. Por lo menos una docena de coches me pitaron y en tres ocasiones tuve que recular porque se me antojaba que alguien se paraba a indagar mis hesitantes idas y venidas. El caso es que una vez más conseguí alzarme furtivamente sobre mi víctima. ¡Ah! tan quieta que parecía dormir el sueño de los justos, pero bien sabía yo cuán pecadora y merecedora de escarmiento era.


Todo lo que me costó acceder lo gané con mi consagrada habilidad para golpear: dos tajos contundentes en pleno cogote y tronchamiento al canto. Me quedé impresionado. Las luces largas de un insensato que daban de lleno sobre mi figura encorvada, hicieron que el tipo pasara dando una fuerte pitada, que —ya no tenía duda— fue un saludo por mi extraordinaria y beneficiosa labor para las buenas personas como él. Por eso no vacilé en dilatarme algunos segundos más, a fin de dejar constancia de mi divisa y tratamiento —«El Justiciero»— mediante unos rápidos garabatos con espray. Y esta vez casi no me manché y, lo mejor de todo, mi alcotana había respondido como yo había calculado. Sin duda, la experiencia es un grado.

 

La parte más importante de mi gran empresa había sido superada.


No cabía de gozo en mí.


Sobre todo cuando vi mi foto en la mayoría de periódicos, y ¡en primera plana!: todo de negro, difuminado, audaz y decidido blandiendo mi cara herramienta. Y en otra instantánea, en plena faena, dale que te pego.


Más claro y notorio imposible.


Sólo una cosa me decepcionó: mi distintivo no aparecía por ningún sitio.


Pero a los pocos días un periódico intrépido y generoso sí lo sacaba a la luz —y qué luz—. ¡Otra primera página! La alcotana con su ojo vigilante y los platillos de la justicia pendiendo de sus cortes como filos de Damocles. Y repetían fotos y ya no me llamaban sino «El Justiciero de la alcotana».

 

Eso fue al comienzo de la semana; al final de la misma toda la prensa escrita ya se había hecho eco de ello. Y en el colmo de mi éxtasis, las televisiones mencionaron mi caso; al principio con no mucho énfasis, pero al poco me dedicaron auténticos monográficos, con hasta simulaciones de un tío que quería parecerse a mí. Patético. Pero gracioso. De verdad, cómo disfrutaba.


Y cuando a los diez días repetí tamaña osadía, pasé a convertirme en todo un fenómeno mediático y las autoridades me calificaban de peligroso y degenerado, pues «El Justiciero de la alcotana es un antisocial que perturba a toda la sociedad y su tranquilidad». Ja, ja, ja. Qué cara más dura. Pero qué detallazo. Tenía fama y tenía un nombre.


Y hasta me habían salido imitadores. Ja, ja, ja. También patéticos. Uno de ellos pretendió eternizar su nombre con una especie de marca que era una daga o algo así en forma de muelle. Ja, ja, ja. Le pillaron en el intento y los polis le sobaron la badana a base de bien.


Entretanto, yo creía reventar de júbilo, y fue tanto y tan extremado que durante un mes casi me olvidé de mi verdadera misión: expurgar a la sociedad de tan intolerable inmundicia.