Final 1

Ya no podía parar. La sociedad anhelaba al «Justiciero de la alcotana». Los cantamañanas de los noticieros suplicaban mi vuelta al ruedo. Mi pereza les molestaba.


No les voy a detallar mi siguiente acción, pues ya saben cuán meticuloso soy. Sólo les diré que no me costó menos que las otras veces y que tuve que correr tanto como la que más.

He aquí la última.


La última de mis hazañas, si no la más famosa sí la definitiva.


¡Fui atrapado!


Estaba en el clímax de mi popularidad cuando elegí la cabecera del túnel de la calle María de Molina. Fuera el exceso de confianza o por un error de esos que el albur declara insoslayable, el caso es que en pleno furor de mi eficaz alcotana sobre mi víctima recién estrenada, un par de polis con las manos en las culatas respectivas empezaron a gritarme Alto y no sé qué más sobre soltar algo y otras tonterías que no me acuerdo. Y fue reconocer mi característico instrumento cuando ya sin reparos tiraron de sus armas y me apuntaron peliculeramente.


Encaramado al puente de hierro, a horcajadas sobre la pasarela, con la cámara de Tráfico destrozada entre mis piernas, había sido sorprendido con las manos en la masa.

 

Inmediatamente llegaron más coches de policía y al punto como cincuenta polis me rodeaban. Todos querían figurar en mi captura.


La Policía acordonaba la zona, me hacían señas para que bajara. Yo, «El Justiciero de la alcotana», cazado. ¡Cazado in fraganti!


Entonces vi algo sensacional. Un paparazzi me hacía fotos sin parar. ¡Ah!, por fin el gran gamberro —el otro apodo que nunca me gustó, tan vulgar, tan alejado de mi talento— contra radares detectores de velocidad había caído. Sí, yo era el culpable. Una veintena de cámaras fotográficas con sus radares habían sido hechas añicos por mi audacia y mi alcotana. Desde aquéllas primeras en cabinas fijas colocadas en descampados o bajo los puentes, hasta las últimas ubicadas en pórticos o plataformas sobre vías de circulación, a todas las que les eché el ojo las convertí en mis víctimas irreparables. Irreparables. Ja, ja, ja. Seguían llegando polis. Lástima que no fuera de día para que mi público me ovacionara.


Ahora me dicen que quieren no sé cuántos miles de euros por mis andanzas. También me han dicho que hay pintadas con mi nombre. He levantado a la sociedad contra tamaña perversa acechanza-asechanza.


He triunfado.


Siento el clamor de mis seguidores.


Sé que mis discípulos ya se preparan para seguir adelante con mi obra social. Que la suerte les acompañe.


Soy un héroe.


Soy «El justiciero de la alcotana».