Final 2

 

Ya no podía parar. La sociedad anhelaba al «Justiciero de la alcotana». Los cantamañanas de los telediarios suplicaban mi vuelta al ruedo. Mi pereza les molestaba.


Ahora tengo que dejarles. De momento. Pero no sin relatarles mi última hazaña, en la que...


¡En la que a punto estuve de ser atrapado!


Había elegido la cabecera del túnel de la calle María de Molina. No les relataré los preliminares, pues ya saben cuán meticuloso soy. El caso es que en pleno paroxismo de mi euforia y mi alcotana fue sorprendido por dos polis. Dos polis con sus pipas fuera, apuntándome y gritándome no sé qué mierda sobre Alto, que no me moviera y que bajara... ¿En qué quedamos?


Estuve lerdo. Lo sé. Pero sólo fueron cinco segundos, puede que seis o siete: tropezando con los restos de la cámara de Tráfico corrí al otro lado de la pasarela, adonde uno de los polis se arrancó como si el perseguido fuera él. Entonces no me quedó más remedio que saltar a la calzada. Casi me parto una pierna y por poco me pilla un coche. Pero soy un justiciero y el albur estaba conmigo. Me incorporé renqueando y al poco corriendo como perseguido por el propio diablo o un poli bufante que era lo mismo. O peor. Mientras volaba por el interminable túnel me pareció captar a un tipo que desde su vehículo medio parado me grababa con el móvil. Finalmente, sorteando coches y ganando metros al poli fondón que había soñado con atraparme, salí al otro lado del túnel, atravesé la carretera y me interné en la ciudad, sin respiración y sin pausa. Yo, «El Justiciero de la alcotana», casi cazado. ¡Sí, casi! ¡Uf!

 

Dos días después mi cara de desquiciado a la carrera por un túnel estaba en todo los medios de comunicación. Aparecía con la alcotana en la mano, como si portara un testigo que fuera a entregar en una carrera de relevos. Aparecía intrépido. Pero tan fácilmente identificable. Será por eso que oigo jaleo de pasos al otro lado de la puerta… Tengo que huir. No sé dónde esconder mi alcotana. Estoy en la cresta de la ola. Estoy localizado. Algunos periódicos me refieren como el gran gamberro —el otro apodo que nunca me gustó, tan vulgar, tan alejado de mi talento— contra radares detectores de velocidad había estado a punto de ser detenido. Sí, yo era el culpable. Una veintena de cámaras fotográficas con sus radares habían sido hechas añicos por mi audacia y mi alcotana. Desde aquéllas primeras en cabinas fijas colocadas en descampados o bajo los puentes, hasta las últimas ubicadas en pórticos o plataformas sobre vías de circulación, a todas las que les eché el ojo las convertí en mis víctimas irreparables. Irreparables. Ja, ja, ja. Leo que el Ayuntamiento quiere no sé cuántos miles de euros por mis andanzas. Pintadas con mi nombre reivindican mi coraje por toda la ciudad. He movilizado a la sociedad contra tamaña perversa acechanza-asechanza.

 

He triunfado. En efecto: mi alcotana es un testigo, que ya corre de manos en manos justicieras.


Mientras dejo esta ciudad, siento el silencioso clamor de mis seguidores.


Que la suerte les acompañe.


Soy un Robin Hood urbano, el nuevo Tempranillo. Soy un héroe.


Soy «El justiciero de la alcotana».


Volveré.