EL SERENERO


Sus pequeños pies danzan inseguros.


Por tradición, en la cofradía de los Danzantes.


Ansiosos por ello, sus padres y porque el abuelo viera danzar al último de sus nietos, cuya precaria salud no auguraba una postergación satisfactoria, lo habían inscrito pese a sus pocos años. Apenas si se sostenía de pie y allí estaba, bajo la embobada mirada del anciano, estacionado en mitad de la grada, el hasta hace un año Judío Mayor.


Hubiera podido llegar a Capitán, el cargo de mayor antigüedad y prestigio, pero un cáncer feroz y una artritis implacable lo habían dejado varado en el de Judío Mayor, el tercero en el escalafón. Curiosamente, su madre le contó en sus últimos días que en el pasado ese puesto tenía una importancia especial, porque se convertían —si es que eran merecedores de ello— en el «portador del secreto», tal como lo fue su abuelo y por lo visto el abuelo de su abuelo...


El abuelo, que no su padre, a quien perdió en su mocedad, arrojado a la mina de las eras, y no obstante fue danzante el tiempo que los devotos de la guerra civil le permitieron.


Desechó los pensamientos que tanto le entristecían últimamente y tornó a su nietecito, quien, desde el extremo de una de las dos filas enfrentadas, aguardaba con mal disimulado nerviosismo su turno. Éste llegaría cuando la Madama hubiera sacado antes a todos los veteranos.


Y como todos los años, el más joven sería seguido por los espectadores, dispuestos a gozar y a admirar el tesón y la gracia de los más pequeños por involucrarse en el ritmo y la vivacidad de aquella arcana ceremonia. En esa mañana atiborrada de gente y de sol, el apogeo lo pondrían la danzarina Madama y el animoso de su diminuto heredero.


De momento, escoltada por los dos máximos cargos, Capitán y Alcalde, la Madama, inmersa en un vuelo de faldas, y la Fortaleza, zumbando con las Porras no menos que con los pies, surcaban el espacio entrambas filas de danzantes, aprestándoles para la gran ofrenda.


Y así el chiquillo que bate con entereza y reconcentración el suelo, y sus ojos van de su familia a las evoluciones de la Madama y la Fortaleza, ambos aturdiendo tierra y cielo con sus giros y sus vueltas y su conjunta y sincrónica vehemencia en alabanza de un misterio incognoscible, que nadie había conseguido aún descifrar, salvo las sorprendentes conjeturas de su madre, muerta hacía tantos años, y que con tanta vehemencia se empeñó en explicarle los días, horas antes de dejar la tierra manchega adonde el albur o el karma la habían lanzado…


Su madre murió muy vieja, y ahora que él lo era más se encogió con un espasmo, que sus huesos artríticos, casi inválidos, parecieron recobrar vida…


El niño volvió a mirarles y de nuevo sonrió. Sacudía la sonaja con desenvoltura forzada y esto le recordó al viejo el arcaico sonajero a los pies de una extraña imagen sacra que su madre había conservado con huraño sigilo y del que siempre aseguró que era el origen del instrumento, tal como el origen de la danza era... Aunque no el mensaje el nombre del sonajero sí lo había olvidado.


Vio a su retoño recolocarse audazmente el serenero que cubría sus mínimas espaldas y se enterneció hasta las lágrimas. Un serenero que él, todo un abuelo, con sus agarrotadas manos como azuelas que ya apenas si servían para descubrir los montículos del azafranal y raras veces la hura de los topillos, había rehecho a fin de adaptarlo a las dimensiones del nuevo usuario. Era la única prenda que no era a estrenar. Careta con el rojo del azafrán al caer en el cedazo, chaquetilla cortesana, valona y pañuelo ricamente adornados, calzón blanco como la nieve, con sus cintitas de colores y sus encajes primorosos: todo hecho a medida. Salvo el serenero. «El serenero es un velo sagrado y salvo para danzar en loor de Ella, ha de estar siempre cubriendo Su semblante».


 

Al principio, tras la muerte de la madre, por pura inercia, él había seguido manteniendo el serenero embozando aquella figura de dama sedente, coronada por un trono del que se yergue un disco solar, flanqueado por sendos cuernos en forma de lira. Una hornacina insertada en las cuadras de las mulas, tras una concienzuda puertecilla que se abría con una llave en forma de cruz, cuya asta superior se cerraba en una especie de lazo, la protegía de la suciedad y de miradas inadmisibles. Cuando no tuvo más remedio que disculpar o justificar aquel cobijo su madre lo refería como su «virgen negra», y las beatorras inquisitoriales se callaban.


Insuperablemente bien preservada, impoluta y brillante, él recuerda cómo más de una vez la vio relumbrar más allá de toda limpieza o simples reflejos. Sólo para la danza del Corpus le era retirado el serenero, luego su madre lo retornaba con un esmero y una devoción que él nunca entendió… salvo que lo que dijo al morir fuera cierto. Pero él nunca creyó en esas patochadas de viejos de pueblo y tras la desaparición de su madre al cuarto o quinto Corpus ya no prestó atención a la hornacina, y el serenero, junto con el antiguo sonajero y la llave con cabeza de lazo, reposaban en la cómoda de su dormitorio, en vez de ese lugar frío y desolado que eran las antiguas cuadras de mulas, con aquel hueco atrancado por una puertecilla que debía de hacer cuarenta años que no se había vuelto a abrir…


De lo que sí estaba seguro era de que tal prenda, si bien era muy, muy antigua, se conservaba sin merma, ni en su consistencia ni en su color; de hecho, el único desperfecto era un agujero de bala que fue causado en la época de la invasión francesa, ya que un ancestro de la familia lo usó en algún momento como distintivo de emboscada, lucha y protección. Pues —según su madre—, tal prenda tenía la virtud de hacer invulnerable a quien lo llevara.


Si aquel guerrillero, lugarteniente invicto de la partida de Francisquete y del que la Historia no ha querido acordarse, sobrevivió, fue gracias al poder de ese serenero.


Su madre, tan loca por no morirse llevándose el secreto a la tumba, y cuyas últimas bendiciones no le fueron dadas por el cura, sino por otra de las viejas del pueblo —la madre de su amigo Pascual—, a quien también le pendía del cuello una como cruz, talmente que la llave de la hornacina, que puso en los labios de la difunta tras el último suspiro…


Pero lo importante era que la tradición seguía adelante. Aunque tenía que reconocer que más allá de interpretaciones acomodaticias o constreñidas el no haber llegado a saber con certeza la significación genuina del rito, le producía cierta ansiedad. ¡Ah!, tan inconcebible, tan impronunciable que más debía de parecer herejía que revelación al párroco, que, desde la cabecera de la formación, seguía el despliegue de la Madama y la Fortaleza con adusta complacencia, con imperativo triunfo…


La exaltación de los danzantes ante los símbolos cristianos parecía abrumarle los ojos de gozo y perversa complacencia… O quizás sólo fuera que el sol de primavera pegaba fuerte hacia la hora del mediodía. En las gradas, no dejaba de apiñarse gente expectante.


El Alcalde ya había dispuesto las dos filas en paralelo. Cerraba la formación el Judío Mayor, quien, en contraste con el resto de danzantes y sobre todo con los virajes de la Madama, impresionaba por su pétrea inmovilidad. Se avecinaba el tejido del cordón. La Madama ya se dirigía al encabezamiento; engancharía al Cordel y escoltado por éste y el Capitán emprendería el ritual hasta conformar con todos ellos un cordón de alabanza y baile. Luego los retornaría, despidiéndose cada uno de ellos con su mejor danzar.


En esto debió de pensar el muchacho, ya que por su carita pasó un parpadeo de azoramiento. La sonaja, no obstante, la mantenía vibrante y cadenciosa. Miró a sus familiares con preocupación, pero éstos le sonrieron llenos de orgullo y tranquilidad, en especial éste último: era como si se estuviera viendo sin que hubieran pasado setenta y tantos años…


Cuando hubo un tiempo en que él, en los días lejanos y míseros pero felices hasta lo inexplicable, también fue infante novicio y los veteranos les hacían pullas infames, encerrados en la cámara del Machunga como parte de la preparación, y medio descalzos y famélicos, alumbrados por cabos de velas hechas con grasa de gorrino robada a los caciques del pueblo, entonaban hermanados por el infortunio y el fervor la danza de siempre al par que las sonajas, empero sin nervio pero con persistencia, así hasta alcanzar un trance que a través de su entusiasmo, su hambre y el humo de las lúgubres velas más de una vez creyeron vislumbrar la efigie de una voluptuosa y altiva mujer, estilizada por cuernos en forma de lira, serena y casi tangible en la penumbra, que los más chicos confundían con ansia maternal, los mozos con lujuria y los más viejos con entreveros de muerte, donde ya la romana que sopesaría su bondad y sus fechorías se balanceaba inminente…


¿Estaría ya muerto y soñaba en su desesperación de fiambre que veía lo que tanto había anhelado?


La Madama se dirigió a por el Cordel. El niño se removió con impaciencia.


Madama-Cordel-Capitán…


Su nieto los seguía con ojos como platos —como platitos—, recomponiéndose de continuo y tanteando de reojo la aprobación de la familia. Faltaría más.


Madama-Cordel-Tras Guía-Capitán…


Prosigue la Madama su jubiloso reclutamiento, bordeando ahora al Judío Mayor, cuya quietud funeral contrasta con la alegre sierpe, estimulada en todo momento por la implacable Fortaleza, que, sacudiendo las porras como una cascada de truenos, conduce con su estrépito el destino de almas errantes, al fin encauzadas hacia el Bien, o eso dicen los «entendidos».


Pero el viejo sólo reparó en el Judío Mayor y las lágrimas volvieron a sus ojos.


Madama-Cordel-Tras Guía-danzante-Capitán…


Porque ya no más sostendría la vara: ni para permanecer inmóvil servía ya. El portador del secreto. Su madre. Los viejos, ya se sabe… Y ahora el viejo era él.


Madama-Cordel-Tras Guía-danzante-danzante-Capitán…


Curiosamente, todas esas extrañas conjeturas de la madre coincidían con las expresadas por su magnífico y estridente amigo Pascual, el representante del Mundo en la cofradía de los Pecados. «Te has dejado atontar, Romu. Pero las sacerdotisas han asegurado que eres un elegido y la revelación te habrá de llegar cuando tu sucesor esté en el camino. Lástima que eso vaya a ocurrirte tan tarde.»


Madama-Cordel-Tras Guía-danzante-danzante-danzante-Capitán…


Crece el cordón, ondulante al principio.


Casi circular tan pronto la Madama rodea al pequeñajo.


Y éste que se incorpora con un saltito, que le hizo perder el paso. Pero lo recuperó al punto y su mezcla de gracia y nerviosismo levantó aplausos. El estremecimiento agotó al viejo hasta dejarlo sin fuerzas ni para cambiar de sitio la artrítica mano sobre el regazo canceroso, pero la madre echó a volar besos que un vate petulante no habría dudado en comparar con los besos a Telémaco.


La fila se movía en un crescendo resuelto y saltarín. Se veía que iba llegando el final y en los danzantes crecía el deseo de enarbolar el pañuelo.


Enarbolar el pañuelo. He ahí otro enigma. Nadie sabía muy bien cómo descifrarlo, aparte de la postura oficial, tanto repetida que ya casi había sido aceptada.


La Madama se giró en redondo.


El pañuelo del Cordel se alzó en el aire como una paloma salida de las manos de un mago…


«Pero solo Ella es la Gran Maga».


Dos gradas más abajo, un pedante declara sibilinamente que se trata de una celebración «Sanjuanista» y otro le complementa diciendo que un auto sacramental; otro, con aire de filósofo, que representa las danzas del rey David frente al arca; otro que si la celebración del Edicto de Milán; otros que si la pasión de Jesús; otro, más basto pero con menos rodeos y porfías, que «la lucha de los buenos contra los malos»…


Madama-Tras Guía-danzante-danzante-infante-Capitán…


Alentada por la Fortaleza y sus porras incansables, la Madama iba despidiendo a la comitiva con un revoloteo frenético y perturbador, que hizo a más de uno trastabillar (sin duda, algunos ya estaban mayores).


Madama-danzante-danzante-infante-Capitán…


La espiral volvía a su germen, a la simiente de donde brotó. Las filas se recomponían. Filas que alguna vez fueron un círculo, una rara danza de nunca acabar, de vuelta al punto de partida…


Madama-danzante-infante-Capitán…


«Es el giro de la vida en derredor del sol». No dejaba de acordarse de su madre y sus palabras, y dudas poderosas nacían en él. Ahora que disponía de algo de reposo para meditar sobre símbolos y mutaciones, que el tiempo, con su rutina y su ortodoxia, había remachado hasta eliminar la cordura…


Madama-infante-Capitán…


Ahora que ya era viejo y descartado y sus pies rehuían menos los terrones de la vega que el declive de la fosa rectangular.


La Madama se encaró al alevín.


Y el alevín que entra al azuzamiento con un brinco apresurado.


El viejo recuperó la sonrisa. También él hizo así, cuando sus articulaciones eran casi jóvenes y fuertes y su ansia lo incendiaba todo y el mundo era enorme desde su corta estatura…


La Madama, que venía ejecutando un paso enardecido, ralentizó su ritmo a fin de adecuarlo al del niño; pero enseguida se percató de que aquel infante se lo tomaba muy en serio: no sólo mantenía el paso, sino que la espoleaba.

Sorprendida, la Madama decidió elevar sus giros, y dar así una pequeña lección a aquel osado danzarín. Pero el niño no decae. Sus parientes le miran embobados. También él les ha dedicado una mirada furtiva, y de paso al entero público. Y tal vez sea eso lo que anima su entusiasmo infatigable.

Aspira al estado de gracia, pero es una gracia hecha de tiempo y de sugestión más que de voluntad o tesón.


Esto sabía el viejo y se inclinó a la par que el público hacia aquel insólito trenzar.


Bajo un sol sin freno brilla una plasticidad y una vibración saltimbanqui casi inconcebible.


¿Qué fuerza inspiraba a aquel renacuajo danzarín?


Sus pequeños pies danzan en el polvo, como si no tocaran el suelo, a la vez que con frenesí infantil flamea el pañuelo, aleteante como un cernícalo levantando vuelo tras caer en picado sobre la estela de unas vertederas. La sonaja parece tener vida propia en su manita, pero la careta nariguda ni se le mueve. A su espalda, el serenero ondula como los antiguos trigales de Matallana peinados por el viento de esos días, que siempre son los mismos, salvo que somos nosotros los que pasamos.


Había en aquella escena una sobrecogedora combinación de vértigo y parsimonia, de jubileo y de estupor.


El viejo dudó de sus ojos.




Se preguntó con un escalofrío de terror si es así como los muertos dejan de mirar las cosas de este mundo. Y que después de ver a su retoño danzar ya no quedaba nada por ver que valiera la pena.


Desplomarse con un hilo de baba cayendo por las comisuras, y dejar de ser.


Una gota de sudor que le tembló en una pestaña y el gesto ágil y maquinal de pasarse el pañuelo le ubicó de nuevo en este orbe.


El público sigue las frenéticas evoluciones de tan desigualada pareja con ojos atónitos.


Y el niño que gira y gira, estremeciendo —¿fatigando?— a la Madama, que como un enfebrecido chamán embarga al pupilo en una tolvanera de sayas, colores y ritmo. Son un planeta y su satélite.


La gente contuvo el aliento.


Nadie llega a comprender semejante trepidancia en un crío tan pequeño.

Y cuando el ritual alcanza el centro, el niño ya no mira ni a abuelo ni a padres; ya no presta atención al entorno: danza insuflado por un furor inaudito. La Madama se ha desplegado sin miramientos: ni siquiera parece gobernar su propia inspiración.


Ambos danzan en los bordes de un éxtasis inasequible y desconcertante.


Ambos van en trance. No son un planeta y su satélite, sino dos soles que comparten una misma órbita, asimétricos en su tamaño pero no en el fulgor de su determinación.


Y también el nonagenario se removió con un temblor.


Y no un temblor de viejo.


Sino de conocimiento y revelación.


Porque lo comprendió todo de golpe: un golpe tan brutal que lo mareó en un vértigo de dicha y de incredulidad. El viejo, empero petrificado, se sintió girar como el tal David: una hoja de parra en el vendaval. Sus manos artríticas se agarraron penosamente al tablón del asiento.


Se sobrepuso al desmayo.


Y es que sólo él podía comprender.


Comprender que aquellos dos desparejos danzantes habían conectado con el espíritu de ella…


Ella.


La Gran Diosa Madre.


El niño no cesa en su danza y ni deja de sacudir con insistente armonía y plasticidad la sonaja heredera del sistro (de repente supo el nombre); un sistro reliquia que él conservaba innominado y ajado, que, aunque mucho más viejo, no tanto como él, sacaría de la cómoda y zarandearía con ese vaivén primordial que acabaría por evolucionar en la sonaja y que pasados los siglos persistía a miles de kilómetros en el tiempo y en el espacio de su lugar de origen, en un pueblo perdido en las lindes de La Mancha.


Pues toda aquella ancestral representación —siguió coligiendo casi con insoportable lucidez— no era más que la supervivencia de una liturgia sagrada que se prolongaba en el tiempo —el Tiempo— por más de cincuenta siglos, nacida en valles polvorientos hechos de arena y fango y que tras la prohibición y acoso de un tal Justiniano había emigrado con sacerdotes y devotos, dejando parte de los ritos en su peregrinar a la vez que enriqueciéndose con otros espurios y locales, hasta emplazarse en los pliegues de una colina mezquina y prosaica en el centro de una península en el fin del mundo para aquella civilización.


Y así llevaba entre ellos cientos de años, enraizada en los aquelarres de Cabeza Gorda por antepasados matriarcales, en las faldas del ahora llamado monte de San Cristóbal, en otro tiempo el cerro del Sol, desde cuya cúspide un monolito hincado dibujaba una sombra que marcaba no horas sino augurios y que con el devenir de los siglos y la toma del gobierno de la tribu por los machos no tardaría en ser tumbado y en su lugar alzado un mezquino molino de viento.


Pese a todo —del infausto molino, de la corrupción del cristianismo, las modas y los añadidos folclóricos— pervivía en ellos la danza genuina de alabanza y exaltación a la Madre Tierra: dadora de alimento y fertilidad, sus criaturas agradecidas bailaban removiendo su bondad con sistros que ahora eran coloreadas sonajas y palmeaban la tierra —la Tierra— a ras del suelo, a fin de comunicarse y dejarse vibrar por Ella.


Talmente que aquella pareja increíble compuesta por una Madama y un infante de su sangre, insuflados de Su aliento. No es ya el ajetreo del sistro. Es, es… (¡Oh!, revelación insoportable), es el aleteo del serenero, como alas de milano desplegadas de Sus brazos anhelantes de fecundación…


Ahora entendía por qué su madre había cuidado con tanto esmero y devoción aquella prenda… era…




¡Era el velo genuino de la Diosa!


Ya no tenía ninguna clase de duda.


Y finalmente comprendió que él —un viejo canceroso, incrédulo y artrítico sin remedio y con un pie en la tumba— era el portador del secreto, un secreto que venía, no «de la oscuridad», como claman los necios, sino de la luz —la Luz—, y que aquel ritual nada tenía que ver con bailoteos del rey David, ni con espíritus santos ni sacramentos ni demás sofismas. Y que su genuina esencia no debería permitir que se perdiera entre la ignorancia y la contumacia de la superstición.


No, no se perdería.


La muerte tendría que esperar. Lo refutaran los galenos o el lucero del Alba.


Pues en cuanto terminara la ceremonia él renquearía hasta su casa y se iría en derechura ansiosa hasta la cuadra, donde temblando de gozo y de temor, no ya como una hoja en la ventolera sino como un salicón en el vórtice del remolino, descorrería los rotos sacos de arpillera y descubriendo la olvidada hornacina, injertaría la llave ansada, se postraría ante la Señora de cuernos lirilados y le pediría perdón por su desdén y la impetraría un año de vida y de alivio en sus manos artríticas con las que dejar el secreto a salvo del Tiempo y la brutalidad de «La Puta de Babilonia». Y alcanzaría la inspiración, no por hipoxia y recogimiento como en los remotos días en el corral del Machunga, sino por revelación divina, que es un don que la Diosa concede a los mortales moribundos que fueron buenos mientras sus pies hollaron el polvo sagrado, para que acudan a Ella con tranquilidad y anhelo y el sentido mismo de la vida no se pierda: la apoteosis de los ciclos.


Porque ya su Ciclo se había cumplido: ya no había mulas que espolear, fuerza en sus músculos (¡cómo lamentaba ahora haber desperdiciado tantas fuerzas en tantas naderías!), ni mozos baladrones a los que arrugar, ni mujeres henchidas de vida a las que seducir, ni de sol a sol hoces con las que rasurar Matallana, ni azadones que hincar en la cañada del Soriano, ni… Sólo palabras, sólo recuerdos.


Sólo morir.


Y dar gracias.


Justo el clímax que se estaba desarrollando en aquel momento.


La Madama acababa de soltar a la criatura y ya recompuestas las filas y cerrando aquélla la danza con el Alcalde y el Capitán —las antiguas sacerdotisas dueñas del saber mistérico—, los pañuelos —el último velo de las virginales primordiales ante el estandarte Circular— saltaban al aire por sobre las cabezas narigudas como flores violentas, como alas resucitando rescoldos de ventura y prosperidad (el de la divinidad desmembrada): celebrando la cosecha, Su bendición.


Celebrando la vida.


Su nieto seguía siendo el clamor del público. Otro era su clamor.


Impaciente, se enderezó contra su decrepitud. Y mientras se ponía en pie y recibía felicitaciones por la asombrosa actuación del nieto, supo que ya su ruego se había empezado a cumplir: por un instante sus manos se habían abierto como un paraguas y sus músculos y tendones todos se tensaban como bridas sofrenando la más terca mula manchega y las venas tiritaban en su ser con más furia que el Amarguillo en las riadas del 29.


Pero supo también que ante vecinos y familiares debería seguir siendo el mismo ser consumido o desahuciado de las últimas semanas, disimulando con sus achacosos amigos del parque, invariablemente doblado sobre su inseparable y tosca garrota, saludando con los nudos de sus manos, empero vigorosas.

 

Alzó los cansados ojos —ahora de un modo forzado y falaz— hacia el Sol, y distinguió impunemente en el corazón del intolerable resplandor el trono sobre el que descansaba la trascendencia triunfante, el Altísimo, mirífico y feraz, coronando la efigie de la Señora.

 

Más tarde conducirá al niño ante Ella y entrambos la restituirían el velo, y le explicará lo que a él hace casi un siglo y al igual que le ocurrió a él, el niño le escuchará sin comprender y al punto lo olvidaría. Salvo que Ella lo protegerá como le ha protegido a él y a su debido tiempo le hará saber, como así lleva haciendo desde que cierta horda de iniciados infelices decidió establecerse o se atascó en una cueva entre un monte nimio y un riachuelo más todavía.

 

Antes de retirarse, gran abuelo y gran nieto repetirán con dicción lenta y reverencial los nombres todos de Sus avatares esparcidos por el orbe y la añoranza. Deméter, Astarté, Inanna, Ishtar… Y finalmente, si la emoción no lo fulminaba con un infarto, coreará con su sangre las palabras que anteceden el divino nombre: QUID FUIT, QUID EST, QUID ERIT «… y ningún mortal descorrerá mi velo salvo el elegido».


Huraño y abstraído, no saludaba a nadie. Alguien le dijo algo en tono de sorpresa y se percató de cuán mal disimulaba sus inauditos jóvenes pasos. Comenzó a arrastrar los zapatos y siguió sin llamar la atención.


Sí, lo pronunciaría: A-S-T-H. ISIS.


*FIN*