EL TÍO CAMUÑAS: GUERRILLERO DE LEYENDA

 

Hacen falta medios inmensos para reducir a España. Este país y este pueblo no se parecen a ningún otro.

-José I. Rey de España-

 

¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un sitio para cada calle, una mina debajo de cada casa. Estar obligado a matar tantos valientes, o, si se quiere, tantos locos. Es una guerra horrible. ¡La victoria entristece!

-General Lannes a Napoleón-

 

Los españoles se sintieron ofendidos y se levantaron en masa como un solo hombre de honor.

-Napoleón Bonaparte-



 

El 7 de abril de 1823 un ejército francés formado por casi 100.000 hombres, denominados Los Cien Mil Hijos de San Luis, penetró en España.


Al cabo de siete meses el rey Fernando VII, llamado El Deseado, después de revocar su real palabra de respeto a la Constitución de 1812, se unió al invasor y mandó ahorcar al general Riego, líder de los constitucionalistas.


Aprovechando esos días de «vuelta a la normalidad» un todavía joven coronel francés se alejó con sus entorchados y alamares de oro de la capital hasta el pueblo de Belmonte. Allí se dirigió a la iglesia.


Con el morrión en la mano y el paso firme, ingresó en el recinto. Estaba oscuro.


Un cerco de velas protegía el altar. El soldado avanzaba ya sin ninguna prisa.


Una vieja de hinojos entre bancos, que sobaba un rosario asistido de murmuraciones, miró de reojo.


El efecto de aquel hombre tan ricamente ataviado y con aquella pinta tan exclusiva la hizo dar un respingo: ni la aparición de la virgen le habría causado tanto asombro.


Los penachos del morrión se balanceaban al compás de sus lentos pasos marciales, tal que en una marcha fúnebre. Los alamares, atrapando toda la triste luz de las velas, refulgían sobre su pechera como serpientes de fuego.


La vieja dejó de sobar el rosario y ya no le quitó ojo de encima.


Sin reparar en ella, el extraño se detuvo en el borde de las gradas hasta el altar. Tenía el semblante serio y absorto en el tabernáculo.


Todo está bien le oyó pronunciar con indudable acento.


¿Sería aquel extranjero religioso?


Poseída por la curiosidad, la vieja se deslizó de rodillas por las frías baldosas, arrastrando las sayas con un siseo como de culebra. Alcanzó el primer banco de la fila y quedó detrás del desconocido, captándolo de perfil, y siguió mirándolo sin poder apartar los ojos.

 

Era un hombre bien parecido y sin duda poseía una arrogancia innata que trascendía el impecable uniforme. Exhibía un chirlo en la mejilla derecha y esto reforzaba su aspecto viril y altivo.


Aunque estaba claro que aquella beata intrusa ya alborotaba de sobra su ángulo de visión, el soldado no la prestó atención. Su aparente serenidad denotaba que ni le inquietaba ni le molestaba; o quizás no tanto…


Se removió.


La vieja temió que se fuera a marchar. Había tanto que quería saber.


Pero el soldado retrocedió hasta tomar asiento en el mismo banco que la vieja. Ésta suspiró. Sus ojos llamearon inquisitoriales.




El hombre se abstenía de mirarla, sólo hacia el altar. Impertérrito. Como ido.


Y sin embargo estaba allí, en el mismo sitio que ella, en la iglesia. Un lugar para simples y desgraciados. Y aquel personaje no tenía pinta ni de una cosa ni de la otra.


La vieja retorcía con sus manos secas el rosario ya sin devoción ni cuentas.


Cómo empezar una conversación con aquel desconocido…


Por fuerza tenía que haberse dado cuenta de su insoportable curiosidad. Es que aquel hombre no tenía compasión. ¿Sería su corazón de hielo?


Su cara y gesto reconcentrado así lo atestiguaban. Por qué no la decía algo.


La vieja balbuceó pero no obtuvo respuesta.


Seguramente era un soldado francés; antaño vio a muchos como ese matar y cometer toda clase de atrocidades. Pero qué hacía allí, ahora que ya no quedaban soldados de Napoleón, en aquel poblacho manchego, sin guerrillas combatientes y sus moradores sin más ambiciones que rezar y ser guiados por la Iglesia: diluyéndose en la desdicha y el olvido.


Finalmente, se lanzó.


—Usted no es de por aquí… —dijo, y quedó a la expectativa.


El soldado no respondió.


Sonrió. Siguió sin mirarla, pero sonrió.


La vieja se agitó con regocijo.


—No; no soy de por aquí. Soy militar francés y vengo de sofocar una rebelión liberal.


El soldado habló con lentitud, como en un susurro que las paredes del templo convertían en nítidas palabras.


—Ya estuve antes. En 1808. Entonces era capitán de Dragones. Ahora soy coronel jefe de regimiento. Sólo que esta vez, a diferencia de la anterior, no he mandado fusilar a nadie.


La vieja sabía cuán ciertas eran aquellas palabras. Todavía recordaba a muchos de aquellos hombres, mujeres y niños amontonados y masacrados y luego arrastrados por sus parientes con el mismo rostro de horror con que recibieron las balas.


Pero aquella guerra ya había pasado. El Deseado ocupaba el trono, y eso lo disculpaba todo.


Y ahora El Deseado y la Iglesia les habían llamado para que aseguraran su poder frente a la canalla liberal, que eran los mismísimos demonios, pues así se lo había dicho el párroco.


Por eso, porque como coronel jefe de regimiento me he negado a los fusilamientos de hombres valientes, quizá me van a fusilar a mí. Quieren condenarme por «cobardía ante el enemigo». Pero me he escapado. Estoy cansado. Europa desfallece. En vez de regeneración, involución. Casi han desaparecido los ideales emergentes, de Francia entonces, de España ahora. Aquella época, hace sólo diez años, era muy distinta en mi Patria. Época de cambios. De superación.


»En una Europa estancada en el Antiguo Régimen nuestro emperador Napoleón era un viento de libertad y progreso. Habíamos nacido en la toma de la Bastilla y el lema Libertad, Igualdad, Fraternidad recorría nuestro mundo, rompiendo las viejas cadenas. Napoleón. Un emperador joven y un ejército joven, orgulloso de su jefe.


»Creíamos en él. El vuelo de la razón. El fin de la superstición y los patios monárquicos. Un Código Civil sin distinción de clases ni estamentos, abolición de privilegios y de la Inquisición, una asamblea emanada del pueblo, un solo mercado y un solo poder. Un nuevo Orden para una nueva y poderosa Europa.


»Por eso la invadimos.


»Y Europa comprendió la grandeza de los Nuevos Tiempos.


»A donde llegábamos la población nos acogía con expresiones de alivio y bienvenida. Napoleón era su libertador. Sus mejores oficiales veníamos del frente y no del linaje. Un ejército como nunca habían visto. Sí, las gentes nos recibían gustosas, y no pocas eran las mujeres que se entregaban a nuestro imperial dominio, no como víctimas sino como ávidas de brazos audaces y triunfantes.


»También España.


»Eso creímos.


»Qué podía esperarse de un país atrasado, sometido por los curas y una rancia nobleza, donde todavía regía el feudalismo y el vasallaje. Un ejército que venía a liberarlos de semejante tiranía, forzosamente tendría que ser aclamado…


»No comprendimos entonces que no hay mayor ni más invencible enemigo que la ignorancia.



»Nuestro Emperador había negociado ya con Godoy la entrada. Que veníamos a quedarnos era un secreto a voces. Tuvimos que precipitar los acontecimientos por el motín de Aranjuez. Los partidarios de Fernando VII —los aristócratas y la Iglesia, los eternos opresores— se habían sublevado.


»Ah, el pobre Godoy. Primero tan aclamado, luego tan vilipendiado. Son ustedes increíbles.


»Pueblo de indomables y cazurros no hubo más remedio que fusilar a muchos. No fui yo el que menos.


La vieja parecía estar aburriéndose de tanta charla fútil.


El extraño giró de repente:


—El último al que fusilé se llamaba Francisco Sánchez, alias…


La vieja pegó un respingo que cortó la facundia del soldado.


—¿Qué?...


El soldado terminó la frase:


 —… alias Francisquete.


La vieja perdió la compostura; se deslizó sin cautela sobre el banco hacia el extraño.


Se dio cuenta de que podía ahuyentarlo y se contuvo.


Llevándose la toquilla a la boca a fin de ocultar su aliento de asco y decrepitud, indagó incontenible:


—¿Qué sabe usted? ¡Hábleme! ¿Está seguro de que era Francisquete?


El soldado tardó en responder.


«El Tío Camuñas», ¿no?


La cara cetrina y sarmentosa de la vieja, enmarcada por el pañuelo negro, se removió como un caldero de gachas al fuego.


Hábleme. ¡Hábleme de él!


Sin tener en cuenta el tono apremiante de la vieja, el oficial siguió a su aire.


Nunca había titubeado… Hasta ese día.


»A esas alturas de la guerra yo había fusilado a no menos de 1000 hombres. Al fin y al cabo, la consigna era que toda villa donde fuera asesinado un francés tenía que ser incendiada o pasada por las armas.


»Francisquete fue el último. Durante dos años no había deseado otra cosa.


»Cuando por fin lo tuve donde quería dudé.


»Aquel hombre no lamentaba su suerte, no imploraba.


»Sólo sonreía.


»Poco menos que un muerto de pie y, a pesar de todo, sonreía. Sus ojos irradiaban una tranquilidad desafiante.


»Perdí mi habitual frialdad.


»Los había visto comportarse de todas clases, abyectos casi siempre: llorar, gritar, suplicar. También reír. Con una risa de loco. La mayoría se cagaba patas abajo. Otros gritaban y pedían perdón al Cielo, por si en verdad los esperaba alguien para pedirles cuentas. Los intachablemente perversos son los que más miedo tienen a la Muerte. Yo que he matado a tantos puedo asegurarlo. Me pregunto cómo será la mía… Creo que no tardará en saberse. Me gustaría tener la bravura de Francisquete y ser capaz de mantener su sonrisa de valiente…


La vieja lo atosigó:


—Así que fue usted el que lo mandó fusilar…


Aquí el soldado, sin perder el aire marcial ni la mirada al frente, respondió al punto:


—No. Yo di la voz de ejecución pero la orden vino de arriba. Pero eso no importa. Yo quería matarlo.


»Sin embargo, en el momento soñado me entró la duda.


»Su captura se había producido el día anterior. Muy cerca de este lugar. La promesa de respetarle la vida no sirvió de nada. Puro trámite. Pura superchería. Lo sabíamos todos. Supongo que por eso nos creamos enemigos tan feroces como los guerrilleros que nos acosaron, y a la postre acabarían por hacer perder la guerra a nuestro Emperador. Por muy primitivo que sea un pueblo no se le deben desdeñar fuerzas —enormes fuerzas— elementales, cuasi invencibles.


»Sí, en el momento soñado la duda me embargó. Mi voz no salía…


»A finales de 1809 nuestro ejército infalible entabló batalla contra el ejército designado por la Junta Suprema Central. El más fuerte que pudieron conseguir tras el desastre de Tudela.


»En despliegues perfectos les arremetimos. Primero atalayamos largas filas de cañones en promontorios, luego quebramos sus flancos con las vertiginosas correrías de los húsares imperiales; y los españoles embistiendo como un toro obcecado bajo nuestra artillería: cuando quisieron darse cuenta estaban sin refuerzos, sin flancos y sin retaguardia. Y finalmente les arrojamos a nuestras compactas formaciones de fusiles cargados y bayonetas afiladas.


»La desbandada fue impresionante.


»¡Qué podían hacer esos tropeles de gañanes frente a nuestras columnas! Llevábamos en los zurrones algo más que municiones.



»Una vez más, la Grande Armée, una superpotencia hecha de hombres ateos, inteligentes y revolucionarios, triunfó... Bueno, a la Grande Armée y a aquel general incompetente llamado Areizaga, que, subido a un campanario en Ocaña, no dejaba de llevarse las manos a la cabeza y de murmurar aquello de “¡La que se va a liar! ¡La que se va a liar!” Y se la liamos. Vaya que sí.

 

»Como en Uclés a primeros de año, la victoria fue total. Éramos imparables.


»Y al igual que tras la batalla de Uclés, nos dimos con desafuero al pillaje y a las mujeres.


»Los oficiales, menos bastos, si bien no renunciamos a una buena porción de mancebas frescas y escandalosas ante nuestros severos abrazos, nos dimos a una selecta expoliación: cuadros, tapices, ricas telas, muebles primorosos, fueron escrupulosamente arramplados.


»Nuestro excelentísimo mariscal Soult seleccionó unos cuadros, sin duda magníficos, y luego algunas botellas de excelente vino de la comarca, acompañadas de un par de lozanas y desobedientes manchegas. Decisión que no contó con la benevolencia de sus respectivos parientes. Nada que no solucionaran nuestras bayonetas.


»Creo que en ese pueblo pasamos por las armas a casi la mitad de los hombres por el empeño que pusieron en no “prestarnos” a sus mujeres. La otra mitad se echó al monte. Entre tanta ejecución, se oían nuestras carcajadas y los gritos de las víctimas indefensas. Soldados de Napoleón. Qué grandes. Invencibles.


»Yo tampoco me privé. Me bastó una que, por otra parte, no presentó una especial resistencia.


Por un momento, la vieja miró con otros ojos el perfil del oficial. Pensó que en verdad debía de haber estrechado muchos cuerpos de mujeres y en verdad no todas en contra de su voluntad.


—La lujuriosa celebración duró más de una semana.

 

»Aún andábamos de juerga y saqueo por Ocaña y sus alrededores cuando nos enteramos de que un tal Francisquete había interceptado todos nuestros correos y tras despojarles de sus pertenencias los había pasado a cuchillo.


»Ahí fue la primera vez que oí su nombre. Francisquete.


»Sobre la ancha tierra manchega nos lanzamos embriagados de prepotencia y furia.


»Cabalgamos batiendo la zona hasta la puesta de sol.

 

»Nada pudimos conseguir y regresamos a nuestros cuarteles. Con un poco menos de euforia por el esquinazo reanudamos el libertinaje. Unas mozas de buen ver que advertimos al pasar por Dosbarrios nos dieron el desfogue que necesitábamos.


»Tuvimos que fusilar a un par de rústicos que no se arrugaron, ya que algunas de las mujeres, por lo visto, eran casadas.


»Con todo, fue una buena jornada.


»A la noche, menos exhausto que desganado, me fui a dormir.


»De Francisquete ni me acordaba.


»Hasta que un mes más tarde tuvimos conocimiento de que El Empecinado había tenido la osadía de atravesar media España, hasta las cercanías de Madridejos, donde el tal Francisquete había cogido el relevo y escoltado a las personalidades enemigas en su viaje a las Andalucías.


»Francisquete. Era la segunda vez que escuchaba su nombre.


»A los pocos días nos llegaron noticias de que una gavilla de andrajosos había acometido a un destacamento de Granaderos e infligido fuertes bajas a los nuestros. Su autor: Francisquete.


»El mismo que luego irrumpiría en Puerto Lápice, donde con un coraje ciego y un arrojo sin límites arrasó el acuartelamiento imperial.


»Así que Francisquete otra vez.


»Apresuré batidas permanentes.




»Si lo perseguía por Puerto Lápice él aparecía en La Guardia, si me desplazaba hasta La Guardia él asaltaba la guarnición de Quintanar, si me iba para Quintanar él golpeaba por Valdepeñas.


»No había manera.


»Atacaban y luego se disolvían en la llanura como tragados por la tierra.


»Yo, todo un oficial de Dragones imperiales, preparado para llevar el triunfo sobre un pueblo de bárbaros y luego la cultura y el progreso, burlado por un lugareño que nada sabría de armas ni tendría idea de las extraordinarias tácticas de combate desplegadas por nuestro invicto Emperador.


»Francisquete era un insulto. Era desquiciante.


»Tanto buscarlo y vino a mi encuentro.


»Nos estaba entrando un convoy de suministros en la guarnición de Santa Cruz de la Zarza cuando algo debió de llamar la atención del guardia de la entrada, porque paró el carruaje. Apenas puso las manos sobre la lona, una especie de espada brotó como un salto de agua hasta su garganta y le salió por la nuca, convertido ahora en verdadero chorro, pero de sangre. Acto seguido tres individuos blandiendo facas y uno de ellos además un trabuco, saltaron del carruaje. El guardia que primero logró encarar el fusil recibió el trabucazo. Dos guardias más fueron degollados cuando todavía dudaban de si cargar el fusil o embestir a la bayoneta.


»Llamamos al arma.


»Y mientras lo hacíamos vimos que no eran tres, sino cuatro, seis, ocho, veinte, treinta...


»De los demás carros y hasta de debajo de las piedras saltaban esas alimañas con sus facones letales como dientes de víbora.


»Alguien reconoció la partida y un grito de horror estalló en el cuartel, que se extendió como pólvora.


»Francisquete. ¡Que viene Francisquete!


»Era un grito de terror en estado puro. Ponía los pelos de punta y paralizaba el deseo de movilizarse.


»Fran-cis-que-te.


»Uno de los brigantes arremetió contra un pasmado oficial de artillería y sin entablar acción de ataque ni detenerse, con una rapidez que tenía algo de alucinación, le rebanó el gaznate.


»Logré reponerme de la sorpresa y desenfundé mi sable. El hecho de blandirlo ante aquellos salteadores me pareció una injuria. El ejército Imperial —los hombres nuevos, culmen de la Ilustración y la edad de La Razón—, luchando contra aquellas bestias irracionales y sanguinarias.


»Pero no era sazón de reflexiones sino de sobrevivir.


»Un tipo chaparro salió de pronto de las caballerizas con sendas pistolas en cada mano, y en la faja que se liaba a la cintura otras tres o cuatro, puede que cinco o seis.


»Disparaba a diestro y siniestro. Pegaba un pistoletazo y tiraba el arma. Sacaba otra de la faja y repetía tamaña audacia. Cuando se quedó sin disparos, entonces tiró de navajón y se abalanzó sobre un infante, que, sobrecogido por el fragor del momento, apenas si pudo esgrimir la bayoneta: un pinchazo en el costado le dejó quieto y mudo, y así se desplomó.


»Aquella fiera —luego lo supe— era Francisquete.


»Se movían frenéticos, acometían fulminantes y fatales, y al punto, inmunes a los disparos, se perdían en la tarde polvorienta y atufada de sangre.


»La desgracia se unió al sobresalto. Y así, una súbita aparición del cabo furriel saliendo medio desnudo de los almacenes con las manos sujetándose las tripas, atrajo de sus propios compañeros una salva de disparos hacia su maltrecha figura, que fue como un favor con el que abreviamos su sufrimiento. Otro que salió de improviso de un carretón recibió un tiro a bocajarro en el entrecejo.


»Tal era el terror. Tal la locura.


»¿Adónde habíamos ido a meternos?


»¿Qué clase de país era aquél? Tan cerca, tan desconocido.


»Fran-cis-que-te.


»Conseguí reunir a mis hombres y agruparlos. Con un frente bien formado nos decidimos a contraatacar. En ese momento me di cuenta de que estábamos solos. Nadie del enemigo. Dos hombres de la partida, malheridos, se retorcían en el suelo.


»Varios de mis dragones se llegaron hasta ellos con la cara contraída por el odio y los atravesaron con tantos bayonetazos que al cabo quedaron como carne trinchada.


»Dos bajas enemigas por cincuenta nuestras: cuarenta heridos; diez muertos. Cuando se nos pasó el susto e hicimos recuento de mercancías descubrimos que además se habían llevado cinco carros y otros tantos caballos, repletos de armamento diverso, avíos de repuesto y prendas de uniformes.


»Un verdadero golpe de mano.


»Mácula intolerable en mi expediente militar.


»Soñaba con llegar a brigadier. A mariscal, por qué no. Dejó de importarme.


»Más allá de mis galones y mis sueños de soldado Imperial, juré cazar a aquel chaparro feroz, apodado Francisquete.


»Francisquete: mi gran ascenso o mi gran caída.


»Pocos eran los que no habían tenido ya encontronazos con Francisquete y todos conocían su ferocidad y más de uno se paseaba sin orejas.


»Pedí informes y escuché a todo el que creía poder contarme algo, de su gente, de su pueblo. Y la respuesta venía a ser siempre la misma:


»—Tenga cuidado con esos retacos camuñeros: tienen mu mala follá.


»Durante semanas fatigué la llanura manchega con mis dragones. Nadie lo conocía. Uno de mis veteranos aseguró que el nombre de Francisquete era ya harto conocido y por fuerza tenían que conocerlo. En los campos de Tembleque interrogué a un campesino. Afirmó no tener ni idea. El sargento Lamarque con su pelotón le arrasó la viña. Luego le cortó un dedo. Siguió sin hablar. Acto seguido, la mano. Maldijo al sargento y a todos los hijos de la Francia, pero nada nos contó.


»Lo mismo que en Lillo: en los álamos de la Plaza Mayor ordené colgar a una docena de posibles familiares y colaboradores de la guerrilla.


»Lo mismo que en La Mota del Cuervo, donde hicimos un sorteo: los “agraciados” fueron encerrados en la iglesia. La quemamos, y cuando todo fueron cenizas y silencio proseguimos.


»Lo mismo que…


»Daba igual. Nada averiguábamos y mientras tanto no dejaban de llegarnos noticias: hoy un convoy, mañana un correo, otro día una guarnición o un destacamento e incluso divisiones machacadas en la retaguardia. Y así una y otra vez en lugares separados por leguas y varias jornadas de viaje: El Pedernoso, Arenas de San Juan, Alcázar, Saelices, los cigarrales de Toledo, Herencia…


»No había camino en La Mancha en que no golpeara Francisquete. Los correos interceptados y las tropas acantonadas como en un presidio.


»En el Estado Mayor no salían de su asombro.


»Movilizamos nuestras mejores Águilas.


»Tuve el honor de ser nombrado por nuestro mariscal Nicolas Jean de Dieu Soult jefe de la patrulla de búsqueda y ajusticiamiento de “bandidos”. Nos negábamos a llamarles guerrilleros. Tardamos en aprender que ocultar la realidad con otros nombres no hace desaparecer ni mitiga el problema.


»Cientos de armas y municiones iban cayendo en su poder y el ejército de Napoleón humillado. Lo nunca visto hasta entonces.



»A mediados de junio habíamos entrado en un pueblo cuyo nombre he olvidado y tras finalizar la recaudación de fondos y provisiones —que no pudimos llevar a cabo hasta que arcabuceamos a varios lugareños— nos dábamos a despojar la iglesia de cálices, patenas y demás cacharrería y hasta los mosaicos del suelo, cuando me fue notificado el reciente asalto a un convoy que pasaba por Mora con bagajes, cureñas y municiones. Dos compañías masacradas y otro importante botín que gracias a Francisquete pasaría a los precarios ejércitos de la Junta Central.


»Aún estaba a tiempo de evitarlo.


»A regañadientes y otros con verdaderas blasfemias, que no dudé en castigar, espoleé a mis hombres hasta el teatro de operaciones.


»Los antebrazos sin sus brazos, los vientres rajados, las cabezas a medio separar de sus troncos… Entre vómitos y gemidos de moribundos supimos de su huida a los montes de Urda.


»Sin pensar, sin respirar, sin órdenes concretas a mis dragones, encaminé mi furor tras su pista.


»Tardé en intuir la asechanza.


»Una bifurcación me hizo dudar.


»Envié exploradores.


»Tres no regresaron. Quizás se habían alejado demasiado. Habría una llamada de atención. Al cabo de dos leguas seguían sin estar de vuelta y para mayor preocupación mi sargento de retaguardia vino a participarme que otros cuatro hombres se habían rezagado y perdido con sus respectivos caballos y pertrechos. Requerí al corneta y a mis ayudantes. Enseguida me trajeron la fatal noticia: uno de los extraviados había sido hallado atado a un olivo y cosido a puñaladas. Cuando llegué no pude asegurar que estuviera vivo: tenía los intestinos sobre sus pies, que palpitaban como un monstruoso y brillante gusano, forcejeando pesadamente por escapar.


»Debatía con mis ayudantes la decisión a tomar cuando del ala derecha nos llegó un grito.


»Otro de los cazadores regresaba a pie, amordazado de manos y boca, sangrando como un cerdo. Le habían cortado las orejas y el miembro viril, que traía en la boca. Así fueron llegando casi todos los desaparecidos: desorejados y capados.

 

»Mandé a los heridos al campamento y esta vez, no exploradores, sino patrullas con orden de matar a todo el que no se detuviera o informara ante la Grande Armée. Si no había ejército en el mundo capaz de hacernos frente no lo iba a ser aquella chusma.


»Inmersos en una nube de polvo o encaramados a molinos de viento desde el que avistar a este nuevo e infausto don Quijote, las uñas de nuestros poderosos caballos herían los campos de La Mancha con una soga tras el cuello de Francisquete.


»Y lo localicé.


»Cerca del camino del Puerto un voluntarioso pastor nos informó de una cuadrilla de desharrapados, uno de ellos herido. Un rastro de sangre confirmaba sus palabras.


»El aliento de venganza se respiraba entre mis hombres. La pista nos condujo hasta un paraje anfractuoso y deslumbrante en el mediodía manchego


»El reguero de sangre parecía proceder de la misma fuente.


»Un hombre que vertiera semejante caudal ya haría un buen trecho que debería de haber fallecido desangrado. El rastro único y nítido delataba que no podía ser un solo individuo. Tampoco varios los heridos. No se oía nada. Nada. Grité.


»Grité que se trataba de una trampa pero no pude ser escuchado: un trabucazo salido del suelo como un rayo inverso abatió a quemarropa a mi fiel teniente Pierrot.


»Y con el disparo surgieron más disparos y de las laderas hombres como perros rabiosos, llevando en la mano o en los dientes largas navajas, que luego resultaron ser tan temibles como parecían. Se alzaban de la tierra relampagueando detrás de sus facas, desjarretando dragones o corceles según la sazón y la saña, y cuando no lo lograban, derechamente a la panza de los caballos, que caracoleaban arrojando vísceras y jinetes. Caían como moscas. Por doquier nos venían atacantes armados de hoces, horquines, palos convertidos en picas: una voló hasta el pecho del cabo Jean-Baptiste, que cayó del caballo con la punta asomándole entre los omóplatos.


»El joven soldado Phillip, que luchaba denodadamente contra un bandido, recibió de un tercero que pasó corriendo junto a él, semejando a esos hombres de las cavernas, un estacazo en la nuca que el otro aprovechó para enviarle un gancho de hoz que le segó la yugular.


»Al sargento Lamarque un manco le saltó desde una encina y le tronchó la columna vertebral de un azadonazo con la mano útil. Aún con vida pero inmóvil su intrépido agresor le siguió machacando la cabeza; era el campesino de Tembleque al que tan en vano torturamos. Aguantó al menos seis disparos —dos a bocajarro antes de desplomarse sin resuello.


»El cabo Gobert recuerdo todos sus nombres, fue derribado de una pedrada; salvaría la vida pero no la vista.



»Ordené el reagrupamiento de la fuerza. Pero encajonados como nos hallábamos en aquella vaguada con vertientes de losa y zanjas, los caballos resbalaban. Sin parapetos y sin tregua sólo nos quedaba luchar o la desbandada, lo que dejaría nuestras espaldas a merced de aquellos saltimbanquis siniestros. Y entretanto la batalla que adquiría una velocidad de catástrofe. El griterío, unos de furor y otros de pánico, no me permitía hacerme oír. El cornetín agonizaba en el suelo con la cabeza abierta y los sesos rebozados en tierra. Un malhechor que me tomó por distraído vino primero a segarme el cuello con una hoz y luego las patas a mi caballo. Me apeé y lo abatí de un sablazo. Acto seguido esquivé a un segundo que intentó clavarme una horca de mies. No lo logró y del ímpetu siguió adelante: directamente a por uno de mis más estimados dragones, que acababa de incrustar la bayoneta en un bravucón; sin embargo, mientras hacía por retirar la cuchilla del agonizante, fue ensartado de lleno con las púas de la horca en sendos ojos. El guerrillero sacudió arriba y abajo el instrumento agrícola y tirando de éste se llevó los globos oculares en las puntas. El infortunado dragón se balanceó con un alarido al tiempo que con los dedos se buscaba los ojos, de cuyas cuencas manaba sangre como torrentes. Esto pude ver en tanto forcejeaba con otro facineroso que se había apropiado de un fusil con bayoneta y se empeñaba en hundírmela.


»Era un tipo estrafalario. Calzaba abarcas y vestía pantalón hecho jirones y una roja casaca de gala, que debía de haber robado en alguno de sus asaltos, y cuya hechura aún se conservaba en perfecto estado, lo que contrastaba si no fuera por lo pavoroso de la situación— risiblemente con el resto de su astrosa apariencia. Resoplaba como un animal herido. ¿De muerte? Para nada: de cólera. Entonces, para terror mío, pude captar además que el del tridente, sin querer deshacerse de aquellas bolas sanguinolentas, enfilaba a por mí dispuesto a añadir otra cuenta de ojos a sus púas. Desesperado, arriesgué una estocada al muslo contra el adefesio del fusil y la casaca, que, sin duda tocado, optó por retirarse cojeando y taponándose la incisión con tan preciada prenda; y así pude revolverme contra el del tridente: con un mandoble iracundo partí la horca por la mitad y con el mismo empuje se lo llevé hasta la cabeza, donde se la abrí por la frente como a una sandía.


»Por un instante quedé anonadado ante la contemplación de aquellas púas con los ojos de mi amigo —quien se los seguía buscando a cuatro patas, tanteando el suelo—, que entre mis pies parecían mirarme con infinita tristeza. La transformación del apero de labranza en un arma mortífera era de una simpleza sobrecogedora: las púas, aguzadas y endurecidas por efecto de un artesano empleo del fuego, tenían la apariencia del hierro y el filo de un estilete.


»Nuestros aceros apenas igualaban aquella exaltación del ingenio.


»El asombro y el horror de semejante visión casi me hicieron dejar la vida aquel día: in extremis capté la curva de un navajazo hacia mi pescuezo, esquivándolo de milagro, pasándome, no obstante, la punta de la faca por la mejilla. Esa es la razón de este chirlo que me marca la cara. Me revolví con el sable, pero el agresor se había puesto fuera de mi alcance. Se protegía con una manta en una mano y en la otra la enorme navaja, cuyo escalofriante brillo no me cegaba tanto como la furia que destellaba en sus ojos. Era Francisquete. Hice un amago pero el guerrillero me envolvió la hoja con un volteo de la manta a la vez que con un salto se me abalanzaba.


»Logré retroceder sin perder el sable, y me apresté a vida o muerte.


»Pero se elevó un chillido como de grajo asustado o triunfante y toda la partida comenzó a recular sin bajar la guardia; nos dieron las espaldas y como por ensalmo se borraron en la breña.


»De repente, calma y una polvareda en lontananza.


»Miré en derredor. Ni un paso, ni un palmo de terruño que no estuviera salpicado de sangre o entrañas.


»Hubiera sido un hermoso día para luchar como ejército.

 

»Fue un día de llanto y estupefacción.


»Cuando llegaron los refuerzos di órdenes de que nadie se alejara ni se efectuaran persecuciones ni razias de castigo sobre ninguna población. Uno de mis sargentos sugirió buscar al pastor que nos había lanzado perversamente tras el rastro de sangre.


»Lo desestimé.

 

»A esas alturas de la guerra nuestra aciaga torpeza había creado un monstruo irreductible. Por un lado, los frailes y los defensores del Antiguo Régimen, por otro, el paisanaje que se echaba al monte para vengar tantas afrentas personales, y finalmente los que querían evitar el robo y el saqueo y el dolor sobre los suyos: la guerrilla española.


»Coraje unánime antes jamás visto en la Historia.


»Sabíamos de Indíbil y Mandonio, Viriato. Pero la fuerza de esta maldita petite guerre, más que en sus líderes, residía en la ansiosa contribución del pueblo llano.


»Una guerra así, grande o pequeña, jamás podría ganarse.


»Cargamos a nuestros heridos y muertos sobre las pocas cabalgaduras que nos habían dejado sanas o no se pudieron llevar y, luego de despedazar a los caídos de la partida de Francisquete, emprendimos el regreso.


»Fran-cis-que-te.


»No quedó más remedio que reforzar hasta lo inconcebible las rutas de La Mancha. Un jefe guerrillero cuyo número de hombres era imposible de determinar, pero nunca demasiado grande como para requerir un cuerpo de ejército, ni nunca demasiado pequeño como para no ser una considerable fuerza destructora, nos mantenía en jaque.


»Tras los refuerzos y la consiguiente instrucción de oficiales y tropa acerca del modus operandi de Francisquete (para entonces ya no decíamos bandidos, ni guerrilleros: todos le conocíamos por “la partida de Francisquete”), planteamos reunión con el Estado Mayor a fin de darle captura de una vez por todas.



»Para exacerbar nuestro azoramiento, en esas fechas optó por no atacar ningún cuartel ni columna alguna, sino una ganadería de toros. En prevención de una nueva celada, de las tropas que partían apresuradas ordenamos el inmediato repliegue. Con tal botín se permitió festejar una gran corrida en el pueblo de Ajofrín, que disparó su fama en toda la comarca y a nosotros nos devoró la moral.


»Cuando al fin nos decidimos, en el pueblo todo había concluido.


»Señalé a un aldeano con la punta del sable. No había necesidad de hablar.


»—¿El Tío Camuñas? —me preguntó a su vez con una mezcla de temor y de insolencia.


»Así que Francisquete vindicaba el lugar de su procedencia, tal que El Empecinado.


»En Ajofrín sólo encontré silencio, odio y desafío. Descarté la tortura y los fusilamientos, porque el escondite de Francisquete era La Mancha entera y cada molino su atalaya.


»Como fantoches recorríamos la llanura polvorienta. Ya no había en nuestro porte gallardía ni compostura. A lomos de la ira cabalgábamos tras un fantasma.


»El Empecinado por el Oeste, los Mina por el Norte y Francisquete en el Centro, la situación se estaba volviendo insoportable para nuestras tropas.


»Ningún correo se movía seguro. Las comunicaciones y la intendencia quedaban de continuo interrumpidas.


»Mientras en Europa Napoleón consagraba su poder, aquí, en esta tierra de curas locos y gentes sencillas pero furibundas, se fraguaba la caída del Imperio.


»Algunos ya entonces lo presentíamos.


»De los dos enlaces que mandé aquel día a mi cuartel de operaciones de uno nunca volví a saber y por el otro recibí instrucciones de acudir como refuerzo al Tomelloso. Allí, la irrupción guerrillera fue tan súbita y feroz que la guarnición no pudo reaccionar; sobre todo cuando el jefe de la partida fue reconocido: Francisquete. Pánico (¡Que viene El Tío Camuñas!) y bajas por docenas.


»Esa misma tarde, una columna que regresaba a Consuegra, tras culminar con éxito la protección de un convoy, fue diezmada al pie de la serrezuela donde se alza el castillo, base de la guarnición.


»El balbuceo sangrante del capitán Pierre no dejó lugar a dudas: Francisquete.


»Se habían disuelto en la villa y en la villa nadie sabía nada.


»En La Mancha, el estrago y el horror tenían un nombre: El Tío Camuñas.


»Días había que algún zagal, por su cuenta y riesgo, se permitía asustarnos con gritos de “¡Que viene El Tío Camuñas!”, y era tal el espanto y la confusión entre nuestras columnas que tardábamos horas en recuperar el orden de marcha.


»Su fama le predecía. Su fama horadaba el Imperio y se propagaba en el tiempo.


»El Empecinado. El Tío Camuñas.


»¿Qué les infundía aquel espantable espíritu de lucha?


»Visité el pueblo con la intención de hacerme una idea.


»Francisquete o El Tío Camuñas, cuyo nombre era Francisco Sánchez Fernández, había sido el correo postal del pueblo. Al igual que en otros lugares, los guerrilleros más combativos no eran simples delincuentes, hombres dedicados al bandidaje, como nuestros mandos se habían empeñado en hacernos creer, sino gentes de cierta elevación social, con trabajos especializados y un futuro donde medrar, que arriesgaban sus vidas y la de sus familias.


»El caso de Francisquete había sido a consecuencia de un altercado con uno de nuestros colaboradores, llamados afrancesados, con el que tenía pendientes viejas y personales rencillas. Nos dejamos arrastrar por nuestra prepotencia imperial y cierta clase de personajes resentidos y nos creamos problemas sin cuenta y sin fin. Se procedió a la detención de Francisquete y su hermano, pero la violenta refriega sólo cesó cuando se les garantizó un trato justo y sus vidas respetadas. Aceptó el hermano pero no Francisquete, que optó por poner pies en polvorosa. El capitán que mandaba en Camuñas dio esa palabra, pero a los pocos días decidió colgar al detenido de las aspas del molino con el fin de dar un escarmiento.


»Francisquete juró vengar la muerte de su hermano. Y vaya si lo estábamos pagando. El Gran Ejército frenado por un cartero, ahora al frente de una temible horda de ira y desolación.


»Me pregunté hasta dónde creería que los perros de la muerte le darían resuello. Si se creía invencible o de alguna manera intuía ya que su nombre reseñaría las páginas de la Historia más allá del Amarguillo y de la cañada del Soriano. Quizás imaginaba a un paisano suyo componiendo sus correrías y su temeridad en días venideros. 200 años, verbigracia. Hice un alto en el pozo de la guindalera y bebí aquella agua que tantas veces habría saciado la sed de mi escurridizo enemigo. De pronto —ya no me avergüenza reconocerlo—, sentí admiración por aquel patriota.


»La venganza menos que la justicia y un extraño sentido de la libertad era lo que les infundía semejante “espantable espíritu de lucha”, como ya entonces pros y contras coincidían en denominar.


»Finalmente, dejé el villorrio, que discurría sobre una ladera, poblado por gentes de vida sencilla, casi miserable, que se regodeaban en una rudeza ancestral, salvo que hacían ostentación de un curioso y vistoso rito pagano. Les deseé suerte con aquel tesoro cultural. Ojalá las auténticas sotanas maléficas no le pongan nunca encima sus garras de infamia y quebranto. Será difícil. Será el sueño de otros porque el mío ya no me dejaba pensar en otra cosa, y partí al galope espoleado por un juramento y una obsesión.




»Después de un año de vagabundeo infructuoso mi regimiento fue concentrado en el Cuartel Imperial de Tarancón.

 

»Creía haber perdido la posibilidad de capturar a Francisquete cuando uno de los flancos del IV Cuerpo de Ejército del mariscal Suchet que se dirigía a Madrid, a fin de reforzar al rey José I, fue interceptado o se topó con una partida de guerrilleros. De la escaramuza resultaron abatidos medio centenar de soldados, pero también quince guerrilleros, dándose el resto en fuga hacia el pueblo de Belmonte. Me bastó reconocer a los caídos para saber que pertenecían a la partida de Francisquete.


»Esperé refuerzos. Sólo cuando reuní 500 jinetes, entre dragones, coraceros y húsares, 100 granaderos y 1200 infantes premunidos de fusiles con bayonetas inicié el asalto.

 

»El poblacho estaba rodeado sin que hubiera ningún paso fuera del alcance de fusilería y aun de sable.

 

»Casa por casa, corral por corral, palmo a palmo, entré batiendo el caserío.

 

»Di órdenes a sus gentes de que abandonaran los hogares. Nadie quiso acatarla. No éramos de fiar. Mis ayudantes me recomendaron incendiar y esperar. Me negué. Sólo era cuestión de horas. Y era una mañana fría pero de cielo despejado y promisorio. Ordené que dispararan contra cualquier bulto o escondrijo tras las pertinentes voces de aviso.


»Del brocal de un pozo salieron tres hombres; de una sarmentera uno, y otro que se demoró fue alanceado; de un viejo chopo bajamos a tiros a otro guerrillero, que luego resultó ser un chicuelo asustado.


»Un coracero se presentó renqueando. Traía una puñalada en la axila y unas palabras agónicas:


»—Es El Tío Camuñas y seguimos la dirección de su brazo exánime.


»Al fin.


»Al fin el cerco se iba estrechando.


»Por el rastro de malheridos íbamos conociendo su deambular.


»Las escaramuzas frenaban nuestro avance pero ni mucho menos lo detenían.


»De una guardilla nos llovió un puchero de aceite hirviendo. Los ilesos subieron la respuesta en forma de pinchazos sistemáticos y sus ocupantes defenestrados sobre la marcha. En un callejón, una brava manchega se opuso con uñas y mordiscos y no hubo más remedio que atravesarla y pasar por encima. Otra que apareció con unas tijeras todavía hoy no sé de dónde tuvo tiempo de clavárselas en un ojo al granadero que me precedía antes de ser destripada.


»Al otro lado de la calle una plaga de dragones remontaba tapias y muros devastando como insectos voraces. Entremedias, la última casa.


»Dentro, Francisquete, El tío Camuñas,  el guerrillero de infausta leyenda.


»Proferí voces de rendición pero no obtuve sino lo que entendí por un insulto precedido de la palabra gabacho.


Sable al frente, franqueé la puerta principal y avancé por el zaguán saltando entre dos granaderos y un húsar que en diversos grados gemían tendidos en medio de un gran charco de sangre.


»Al fondo, una escalera. En lo alto del rellano Francisquete se agarraba el brazo con la misma mano que sostenía la faca. Francisquete.


»Allí estaba.


»Acorralado, sin hombres, sin fuerzas, herido, debelado por mí y mis dragones (por los perros de la muerte).


»Pero no se rendía.


»Le ofrecí entregarse y ser sometido a juicio. Pero nadie a esas alturas de la invasión podía confiar ya en nuestra palabra, y menos Francisquete.


»—Date preso ante el Ejército Imperial —insistí, pero la réplica fue que se vino hacia mí tambaleando y dando tajos torpes delante de su cara.


»Le lancé una estocada pero no le acerté. Comprendió que estaba en temeraria desigualdad y saltó por la ventana. Fue a caer delante de un pelotón de infantería ligera. Justo cuando un enjambre de bayonetas volaba a su cuerpo lisiado me asomé y los paré.


»Atado y escoltado como si fuera el mismísimo zar de las Rusias, lo llevamos hasta el ayuntamiento, base de operaciones.


»Comuniqué la novedad a mi general y la respuesta fue clara: fusilamiento ipso facto al amanecer.


»Una guardia de doscientos hombres protegieron el desvelo de mi anhelada presa.


»Tampoco yo pegué ojo esa noche.

»Sería brigadier. Puede que mariscal. (Pero perdimos la guerra.)


»Cientos de soldados, muchos de ellos amigos, habían dejado su vida a manos de ese líder guerrillero.


»Pero siempre fue en defensa de su patria.


»Tan pronto el orto pintó los tejados de Belmonte ordené sacar al prisionero de su lúgubre lecho una cochinera y transportarlo hasta el lugar de ejecución: la alta pared de un convento. Un lugar tan bueno para morir como cualquier otro.


»Y lo que para mí era un sueño, para aquel guerrillero sería una pesadilla.


»Pero entonces, por qué sonreía.


»Me pidió ser fusilado en posesión de su faca y un mechón de pelo de mujer. Se lo concedí y ya no habló más.


»No sé qué es lo que pasaba por la cabeza de aquel valiente, pero sí lo que pasaba por la mía: la obsesión, la larga lucha, las penalidades infinitas, la muerte y la desdicha a cada paso, el horror y la subsiguiente furia de los desesperados.


»Tanto fusilar para qué, tanto avasallar para qué.


»Y sobre todo: ¿Por qué sonreía así?




»Lo supe luego: era la satisfacción de haber vivido. Con honestidad, con gloria. Con conformidad con el Mundo y con no haber hecho más daño que el imprescindible para sobrevivir con dignidad.


»Hesitante y consternado, yo tiritaba más allá del frío amanecer manchego.


»Advertí que mi brigadier me miraba con el ceño fruncido desde la ventana, y entonces…


»La descarga y el olor a pólvora me aturdieron como nunca antes en el fragor del combate.


»No tuve conciencia de haber dicho nada y menos gritado, pero luego todos me aseguraron que, aunque con poca marcialidad, lo hice. Un barranco le aguardaba. Entonces dirigí a mi general una súplica: que se le permitiera un sencillo funeral. Ya que la desquiciante marea de la guerra no nos dejó actuar con la caballerosidad y arrogancia de la Grande Armée, al menos le tributáramos un digno entierro fuera de la fosa común y de la ignominia.


»Quedó enterrado en la iglesia, en esta iglesia.


»Fue un día crucial en mi vida. No volvería a fusilar a ningún valiente.


»De haber sobrevivido a la guerra hoy Francisquete sería un más que probable general, como El Empecinado, Espoz y Mina o el cura Merino. Me pregunto por qué bando se habría decidido finalmente, si por los liberales o por El Deseado. Me temo que por éste último. Pero la duda le beneficia y en cualquier caso fue un valiente. Su nombre resuena una década después, no ya en La Mancha, sino en España toda, como sinónimo del horror, que sólo los franceses llegamos a conocer y sufrir en toda su inenarrable extensión: “¡Que viene El Tío Camuñas!”.


»Si su nombre resuena en la Historia, el mío lo hará en el Olvido.


»Todo está bien.


»Cuentan que esa misma mañana la madre, que había venido jadeante y presurosa desde su pueblo camuñero, llegó justo cuando estallaba la fusilería.


»Y cuentan que se arrojó sobre el cadáver de su hijo y que se guardó la primorosa faca y que no hubo manera de encontrársela.


»Y también cuentan que al igual que su hijo juró venganza por la muerte del hermano, ella, puesta de rodillas, con los brazos abiertos al límpido cielo de aquel noviembre manchego tan parecido a éste, juró vengar al ejecutor de su hijo y no dejar de rezar por ello cerca de su tumba cada aniversario de su muerte.


Por primera vez el soldado miró a la mujer.


—Pero yo nunca he creído en esas supersticiones de viejas analfabetas. ¿Y usted?


—¡Yo sí! resopló la vieja, echándose mano a la faltriquera. ¿Es esta la navaja que no encontraron…? y sin darle tiempo ni a parpadear se la injertó en la garganta, donde con una fuerza descomunal la hundió con un crujido como de poda.


El coronel se desplomó sobre el respaldo con la cara hacia el techo tenebroso, donde las sombras removidas por las velas aleteaban en las modestas bóvedas como ángeles ansiosos.


El morrión rodó al suelo, dejando al descubierto una carta.


La mano mortecina del coronel la señaló con un estertor.


Léala oyó la vieja o creyó oír del que ya no era sino un cadáver.


La vieja buscó al párroco.


¿Qué pone? ¿Qué pone?...


Sobrepuesto el cura y tras comprobar que el soldado, quienquiera que fuese estaba más que muerto, accedió a echar un vistazo al papel, pero antes no pudo evitar exclamar:


—¡Qué extraña sonrisa! Parece feliz y desplegó la carta. Leyó: «Por el amor a su Patria y a los dignos españoles que despreciando los cadalsos juraron libertad o muerte. Gracias por su palabra. Todo está bien. Merci beaocoup


***FIN***