TOLETUM: BASTIÓN DE LA MESA DE SALOMÓN

 

 

 

 

PARTE 1

 

 


 

Encerrado en mi apartamento, tecleo menos agónico que desquiciado.


Ahora me buscan por asesinato.


Pero no fui yo.


Yo era el guardián y debía dejar a salvo el secreto.


Antes trabajaba como chófer y guía turístico.


Yo los paseaba por Toledo y les relataba su historia, los personajes que la conformaron, sus monumentos más típicos…

 

Por la catedral, que tardó en construirse casi 300 años y por la que la iglesia católica sacrificó la vida miles de pobres cristianos a los que mató de fe y de miseria; por la obra del Greco, pintor loco en su tiempo, hoy genio indiscutible que vestía con rojos hirientes a figuras humanas de rostro alargado y espiritualidad contorsionada; San Juan de los Reyes, monasterio gótico-isabelino (transición del gótico al flamenco con influencias mudéjares, para más señas) que la construyeron los reyes católicos para su fama y sus cadáveres y la guarnecieron con cadenas de cristianos liberados; por el puente de Alcántara, que los romanos izaron cuando esta tierra era un castro rudimentario y salvaje y 8 siglos después lo cruzarían gentes de turbantes implacables…


Y aquí me detengo para hablarles del primero que allá por el 711 llegó a estos lares con unas ansias nunca vistas hasta entonces. Su nombre Tariq ibn Ziyad, lugarteniente del gobernador de África y conquistador frenético que arrastraría a los de su sangre durante 800 años, dejando para la posteridad y el asombro una agricultura revolucionaria, obras de un arte llamado mudéjar, un recuerdo imborrable, casi una añoranza, y un legado cultural apenas superado.


Pero no corramos tanto y volvamos a Tariq y sus furiosos soldados.



Encontraron un reino extenuado y fragmentado. La batalla de Guadalete y la traición de los Witiza contra el rey Rodrigo el cinco de los idus del mes de Sawwal del año 92 de la Hégira (18 de julio de 711 para los cristianos), les estimularon ya sin incertidumbre ni recelos: un país de flagrantes y fáciles riquezas se extendía a sus pies.


Nada los detendría ya.


Como un ariete de un solo golpe, Tariq avanzaba incontenible con sus tropas por vegas, olivares y desfiladeros.

 

Ciudades e incluso plaza militares se le rendían con escasa resistencia. Sin duda, aquel reino estaba podrido hasta sus raíces y sin duda sus habitantes esperaban un libertador: al parecer, era difícil estar peor con aquellos gobernantes. Tariq les ofrecía paz y progreso a cambio de tributos. Tributos asequibles para todos; asequibles y equitativos.


Incrédulos y aliviados, los lugareños no dudaron en consentir.


Él sería ese libertador, para grandeza del Islam y de su honra personal.


Así llegó a la plaza principal: Toledo, la capital del reino.


Pensó que allí podría encontrar la horma de sus ligeras babuchas.


La batalla —las escaramuzas— duró dos días, y Toledo pasó a su propiedad.


De todo ello informó (pero no con prontitud) a su comandante en jefe y gobernador del norte de África (Ifriqiya), Muza ibn Nusayr, quien, previo despacho del califa de Damasco, Al-Walid, lo había mandado en misión exploratoria de ida y vuelta.


Tariq, a su aire y como nuevo señor de Toledo, le bastó pasar el brillante filo de su alfanje por algunos pescuezos hostiles y apenas unas docenas de verdugazos sobre las espaldas más contumaces para que una lengua tras otra le fueran cantando toda suerte de tesoros. Uno le preocupaba substancialmente: La Mesa de Salomón. El escondrijo: la gruta de Hércules. Se demoró unas horas en imaginarlo: la Mesa de Salomón en su poder… Demora que no tardaría en lamentar.


El descenso era angosto, los escalones disformes, húmedos, algunos chorreantes. A la luz de las antorchas, Tariq vislumbró más de un sigiloso manantial. Finalmente, al cabo de un derrotero de vericuetos y vértigos sombríos, pisó un rellano parcial y extrañamente soleado, apenas guarnecido, calado de hornacinas con osarios polvorientos y, en el mejor de los casos, tallas insignificantes. Y todo ello ceñido por una corriente que bramaba en tentáculos veloces que despedían un cendal de gútulas ataviadas de arco iris. Era el mismísimo Tajo.

 

Pero a Tariq toda aquella belleza lóbrega le resbaló por la pátina de su frenesí.


Una y otra vez miraba en derredor…

 

Decepción.

 

Frente a todas las riquezas intervenidas y el asombro que de nuevo esperaba, una brutal decepción había sido esta vez toda su conquista.

 

 

Lo único digno de mención era una especie de mesa mugrienta o plancha de piedra que de forma trivial y oscura presidía la estancia. Turbiamente tallada —de forma primorosa, eso sí—, carecía de destellos de perlas ni oro, salvo un brillo de uso y sobo que a Tariq le recordó al que puede verse en vetustos brocales de piedra sin más arte que su roce cotidiano. 

 

Entonces encolerizó. Entonces llegó Muza.

 

Y ambos compitieron en cólera, codicia y perdición.



 

 


 

 

PARTE 2


 


 

Al poco de iniciado el paseo turístico y las alusiones históricas, antes de que el tedio se apodere de su interés y sus billeteras, entro a saco en materia artística y esotérica. Entonces los acarreo hasta el taller-tienda de mi maestro y mentor, el anciano Zacarías, además de maestro (Baal) un orfebre fuera de lo común. Allí les vendemos todo lo que podemos —pues de algo hay que vivir—; y por último, si considero que valen la pena por su talento o su disposición, cometo la excitante osadía de bajarlos hasta una profunda cripta-aceña tan sagrada como anodina. Una fachada comercial disimula otra inaudita.


Y sin rodeos les muestro lo que ni Tariq ni Muza pudieron hallar —quiero decir, lo que hallaron pero no comprendieron:


—Señores: he ahí la MESA DE SALOMÓN.


No son pocos los que creen que les estoy tomando el pelo: primero, porque creen que se trata de una leyenda; segundo, porque han oído hablar de una mesa y yo no les muestro exactamente una mesa; y tercero porque es un concepción más grande que el mundo y esto es insoportable para los más lúcidos.


Pero todos aceptan mis explicaciones como parte del entretenimiento, y un poco de exageración y pomposidad alrededor de la cosa turística es bastante disculpable y hasta de agradecer.


No tienen ni idea de cuánto.


He dicho que no les muestro una mesa. Y es que el que tenga cuatro patas no lo justifica como tal; de hecho, éstas son sólo un mero soporte, que visto desde ciertos ángulos parecen más, muchas más, infinitas, de ahí que alguien las haya descrito innúmeras al menos como días tiene el año.


Puede ser una mesa, un taburete, un reloj solar, un zodiaco, un instrumento de marcaciones astrales si se atiende a sus líneas y círculos enigmáticos…

 

Puede ser todo eso y cualquier cosa excepto que no es un artilugio de necesidades físicas salvo espirituales.

 

Es en realidad un ara tan antigua como la humanidad.


Hecha de tiempo y misticismo, gentes del pasado depositaron en ella sus dudas, luego su devoción y finalmente sus anhelos de eternidad. Eso fue antes de que comenzara la Historia, una época remota cuando hombres todavía apenas del todo enderezados se reunieron alrededor de una espléndida y fuliginosa losa más elíptica que circular ante cuya contemplación emanaba un extraño balbuceo, concordia y conocimiento. Pues no en vano “En el principio fue la palabra”. De ahí devendría la agricultura y la civilización, Isis y los ritos eleusinos… Salomón. Pasaron las estaciones y los siglos y hasta los milenios. Como todo objeto sagrado sólo unos pocos podían comprenderlo. Y protegerlo. Eran los elegidos de su custodia y preservación. Nueve guardianes: cuatro maestros; cuatro iniciados. Todos dirigidos por un rector de intachable probidad y discreción. Aunque no el primero, sí el más notorio y único rector revelado fue Salomón: famoso precisamente porque fue él quien a punto estuvo de echarlo todo a perder, cuya vanidad de vanidades lo arrastró hasta la ignominia: mago sí, pero ególatra como nadie hasta entonces, golpista fratricida, rijoso infatigable para quien sus 700 esposas y 300 concubinas nunca colmaban sus ansias, histriónico, disoluto y a la postre devastador de su propio reino. Casi como yo.

 

A duras penas —contaminada de verdades a medias unas veces, otras de mentiras elocuentes y siempre camuflada entre delirios religiosos—, la losa sobrevivió.

 

Sobrevivió a la religión y la degeneración (salvo que ambas palabras son lo mismo).


Tras muchos avatares —que quizás les vaya contando—, la Mesa quedó en manos de nuestra Orden. También somos nueve. También esta vez la pondremos a salvo; de su posesión pero ante todo de la manifestación contingente de sus incrustaciones: signos de dominio y conmoción.

 

Yo soy uno de sus guardianes.


Como ya les he mencionado, mi maestro era el anciano Zacarías, de hecho la más lata jerarquía dentro de la Orden, el supremo mistagogo —Baal Shem—, quien poco a poco me iba instruyendo en interpretaciones y designios. Yo era un iniciado que debía permanecer al lado del maestro, aprendiendo y perfeccionando. Y estaba dispuesto. Pero sucedió que llevé mi temeridad demasiado lejos. En algún momento matarle no estuvo fuera de mis propósitos.



PARTE 3

 

 


 

Yo disfrutaba con los turistas, llevándolos hasta el límite de su curiosidad o su pedantería, y también de mi cautela.


Y así los enfilo por una estrecha calle que se parece a tantas otras en el casco viejo de la vieja Toletum latina, la Tôldot hebrea o la Tolaitola (Talytala) de la ocupación árabe, hasta que, casi de repente, los hago pasar bajo un pesado arco de medio punto inserto en otro ciego de herradura. Es el taller del maestro Zacarías. Y el maestro Zacarías que, rodeado de estandartes y cacharrería medieval, bajo la inscripción GAM ZEH YA'AVOR /ESTO TAMBIÉN PASARÁ, levanta la vista sin sobresalto y en seguida retoma el buril con tranquilidad y tesón. Que la Mesa sea mostrada es parte del secreto y del plan: cuánto más a la vista, menos perceptible su auténtico valor.


Antes de abordar el laberinto final los hago desfilar sin prisa y sin ambages por un pasillo salpicado de piezas ex profeso: restos de columnas, copas (en la que nunca falta quien me pregunta si se trata del cáliz de la última cena, y yo que no puedo evitar dejarlos con la duda), capiteles góticos con el oportuno demonio Asmodeo, platos, discos, espadas, escudos; en fin, copias más o menos pulidas o avejentadas —según convenga— con ciertos latinajos y simulacros de inscripciones ininteligibles, hechas todas ad hoc para adorno, parafernalia y, sobre todo, la referida venta. Siempre cae algo.


Para que no decaiga el teatro en tanto emprendemos el descenso de pozo (así de vertical y sobrecogedor es el desnivel entre algunas calles, y esta una de las que más) hasta la que una vez fue una próspera y puntera aceña, prevenidos por el aleteo de antorchas, no dejo de hablarles de Tariq y Muza, ambos fatigando sus caballos sin concordancia y sin sosiego 300 años antes de que un tal Alfonso VI la recuperara para su linaje ya sin vuelta de hoja, de sus envidias tras el objeto sagrado por nuestra vieja y rebautizada Tolaitola y alrededores, poniendo patas arriba las iglesias, los conventos las plazas y los palacios, mientras una caravana señuelo con monjes artríticos rodaba por caminos embarrados o polvorientos dejando para el ofuscado Tariq y sus secuaces la fundación de numerosas aldeas, como Wad-Al-Hiyara (o Riopiedras, hoy Guadalajara), caseríos denominados Al-ma’ida (Almaida o Talmeida: la ciudad de la Mesa), y así hasta la mítica Medinat al-Shelim (Medinaceli, es decir, la ciudad de Salomón), lugar “a dos jornadas de Toledo” donde al fin el triunfante Tariq dio con una pata ricamente repujada, que alguien de los nuestros con derrotado y plañidero mohín le reconoció como parte de la Mesa sacada de Toledo en fardos independientes, sin qué él, un pobre servidor del Dios de los Infieles, extraviado con sus viejas mulas y postrado ante sus babuchas, pudiera decir más.


Y así pasaron los años —años en que Muza y Tariq perdieron la cabeza, primero metafóricamente y más tarde ante las cimitarras del Califa en Damasco— y los siglos.


Luego vendrían los implacables reyes cristianos con un nuevo impulso y un nuevo coraje hasta entonces desconocido.

 

Y al poco la feroz secta del catolicismo con su barbarie cultural, su sevicia y su ensañamiento, y aun así los nuestros sobrevivieron. Luego la guerra civil, la paz, los buscadores de reliquias, de notoriedad, la telebasura…


Pasó ante los ojos de Tariq y de Muza y no lo apreciaron ni lo reconocieron y del mismo modo pasa hoy ante los petulantes y los fatuos, de los cazadores de mitos y de los fanáticos religiosos.


Encendidos por un sesgado fulgor de mediodía que se cuela a través del ventanuco de la aceña centenaria y las salpicaduras del agua, los últimos peldaños cintilan en la oscuridad como augurios de gloria celestial (perdónenme esta metáfora chorra, pero es que, modestia aparte, los envuelvo tan bien la historia que así les parece: dicho por sus propias palabras). Llegados del fondo, les franqueo una robusta puerta flanqueada de coronas, palancas y timones de compuerta que regulan al mismísimo Tajo, cuyo cauce honra y custodia nuestra propiedad. Y salimos a un ribazo constreñido por el muro octogonal del molino. Allí clavados, con el rumor del río como impresionante fondo sonoro, les señalo el objeto de la visita. 


—Señores: he ahí la MESA DE SALOMÓN.


De pronto parpadean, y toda la expectativa queda mitigada por una insolente desilusión. ¡Qué manía la de asociar la magia a la riqueza! Así llevamos milenios, y no falla. Ya lo dije antes: que los más grandes tesoros del hombre se encuentran a la luz del día, no pocas veces delante de nuestras narices.


Una vez recuperados, empiezan a entrar en materia: algunos aseguran que ellos tienen leído que en realidad se trata de una mesa y no de una especie de estela bruñida, plancha de granito o lápida con patas (pocos se pone de acuerdo en lo que ven). Pero yo les digo que nunca quedó claro que fuera una mesa: sino un receptáculo mágico, un betilo en forma de disco achatado (o no) según el punto de vista físico del observador; ancestral (anterior incluso a la piedra negra de la Kaaba), portador de un hechizante brillo fosco herido de inserciones cuyo significado vuelve a variar según la percepción del observador (ahora de un modo intelectual): unos ven un baile de sinuosidades, líneas y círculos trazados con arte abstracto y abstruso, otros un barullo de rayajos y resaltes apenas obliterados lo que les hace suponer que no es tan vieja como pretendo, la labor de algún artesano taimado o aburrido… Pero no son pocos los que ven en esa misma configuración el desaforado despliegue del Universo, atribuyendo a ciertas líneas parejas la evolución de mundos paralelos en que vadeamos por este valle de lágrimas, otros la escalera de Jacob hacia los cielos, otros que sus círculos perfectos tangentes a óvalos que más que elipses son elipsis de viajes en el Tiempo… Al final, poseídos por una creciente estupefacción, quedan ensimismados, silenciosos, anonadados. Luego enarbolan sus ingenios electrónicos y disparan fotos como si con sus destellos repelieran otros de entendimiento inopinado y abrumador. 


Poco a poco se relajan, bromean, cuentan cómo asombrarán a sus amigos, sonríen y me dan las gracias —y no pocas veces espléndidas propinas— por el envanecimiento y grandilocuencia de mi relato, compran, se van, y luego…


Luego vuelta a empezar.


Eso es lo que suele suceder.


Hasta aquel día.



PARTE 4

 


 

 

Se trataba de una pareja: él un vejestorio figurín con pinta de profesor y putero; ella un pivón cuyo perfilado escote y hombros desnudos eran apenas velados por una liviana y voluptuosa capa de raso negro. De la lustrosa capucha con que se cubría la cabeza asomaba el óvalo de su rostro enmarcado por una melena cobriza cuyas puntas convergían en el canalillo. (Pivón: ya sé que no soy nada original diciendo esto, pero qué quieren que les diga; cada vez que lo recuerdo todo lirismo se me borra de la mente y en su lugar un negro tropo de vergüenza, rabia y humillación me invade. Tan bobita, tan espectacular… Quién lo diría. Si Tariq debe de estar todavía lamentando la demora, yo no necesitaré menos tiempo.)


Los recogí en el hotel a primera hora de la mañana y, tras las vueltas de rigor, dado que parecían realmente interesados y dispuestos a gastar, decidí conducirlos hasta nuestro increíble y preciado secreto.


Era la hora de la oración para un musulmán. De un piso cercano o de la angosta calle que nos pasaba por encima, a través de una celosía se colaba la sempiterna recitación, posiblemente las palabras más repetidas sobre la faz de le tierra desde hace cinco siglos: Bismillah ar-Rahman ar-Rahim, que no tardamos en dejar de oír tan pronto nos hundimos en el foso. Atrás, el venerable Zacarías labraba sus damasquinados a golpes de punzón y maña.


Y mientras pasaban alrededor de las ostentosas “antigüedades”, ni las miraban. Esto debió hacerme sospechar. Pero ni de lejos.


Bajaban con confianza, sin hesitación.


Inmune a esta nueva anomalía, comencé mi retahíla. Ya saben: Tariq, Muza, razia arriba, razia abajo, rapiña por aquí, rapiña por allá… La pareja me escuchaba con una convicción expectante.


Y yo, embriagado de audacia y jactancia, que no dejaba de hablarles de la historia toda, desde los tiempos de Salomón, ese maestro taumaturgo que hizo gala de una sabiduría y clarividencia formidable cuya piedra angular fue la llamada mesa que hoy lleva su nombre y a cuya noble veneración retornaría al final de su reinado, lo que los fundamentalistas han denominado como «traición al Dios único». Tremenda paradoja.


Una mesa que no es tal —no dejo de repetirlo—, salvo que a veces es puesta sobre patas y de ahí tal calificativo. Es, sin embargo, el sostén de una fórmula inmemorial que Salomón conservó y trató de transmitir sólo a iniciados. Cincelada de magia e invocación, presidió su templo y su saber hasta que en el año 70 de nuestra era el emperador romano Tito saqueó Jerusalén y destruyó el templo, condescendiendo, como gesto de su fuerza incontestable, a un simple muro de la explanada llamado hoy en día de “Las Lamentaciones”. Todos los tesoros fueron llevados hasta Roma: el candelabro de siete brazos (menorah), el báculo de Aarón, las trompetas del Templo, la fuente del maná y el ajuar votivo del rey David con sus innúmeros vasos, lámparas y roelas, todo ello de oro puro y finísimo; y, por supuesto, engarzada en patas de jade cuajadas de perlas —magnífico trampantojo—, la “Mesa Áurea” de Salomón.


En Roma estuvo hasta que en el año 476 Alarico saqueó a su vez Roma y también él se llevó los tesoros, entre ellos la Mesa, hasta la ciudad de Tolosa en Francia; ciudad de la que también acabaría por salir al empuje de pueblos intrépidos que se atrevieron a romper sus cadenas. Desde Tolosa llegaría hasta Toledo, donde, una vez más, hubo de ser puesta a recaudo de los salvajes de turno: Tariq-Muza. Y exactamente eso hace hoy en día nuestra Orden con respecto de los infames cristianos y los engreídos cazadores de tesoros y fama, sin dejar de mencionar las míticas hermandades del pasado que, según algunos historiadores fantasiosos, perseveran a través de las generaciones y los siglos. Su sitio este recoleto molino, tuerto, furtivo, inmune.


Yo soy su guardián.



 

 

Dejamos el último escalón y las antorchas.


La imprevista luz del día apenas les hizo entrecerrar los ojos.


Y como siempre…


—Señores: he ahí la MESA DE SALOMÓN.


Busqué sus presumibles rostros desencantados: incomprensiblemente, parecían tener ante sí un objeto en verdad bañado en oro y recargado de aljófar y demás pedrería mítica.


Sin embargo, pasado el primer minuto, la mujer —el pivón— suspiró con un deje de languidez, casi tedio. No así el decrépito lechuguino que, salvo para recolocarse el pañuelo alrededor del seco cuello, no dejaba de repasar con ambas manos la losa toda, como inmerso en una sesión de espiritismo, yendo y viniendo sobre la maraña (aparente) sobrenatural.


El nota estaba extasiado.


Comenzó a murmurar.


Abrumado de lecturas y conjeturas el viejo mezclaba leyenda y brujerías, historia y entelequias, y así refería la Shem Shemaforash, el arcano nombre de Dios o canto de la creación; la pata de Tariq, Asmodeo, Hiram y los doce toros (uno de cuyos cuernos aseguraba tener en una caja fuerte) que antaño sostuvieron la concha de la purificación, las cien palabras mágicas susceptibles de convocar tanto a Dios como a Mara…

 

Y siguió con la Cábala, los gnósticos, el mandala de los hindúes, el Temple y los hashshishin, palabra esta cuya corrupción daría lugar con el correr del tiempo a la palabra asesino, pero que en origen no significaba sino la comunidad del hachís por el uso desalmado de esta sustancia. Los hashshishin. Fue en ese momento el único en el que el pivón dio un respingo de sorpresa y de curiosidad, dejando incluso de acicalarse las largas uñas rojas. Yo aparté la vista de sus senos —de sus perfectos y orondos senos, debo recalcar— y pasé a responder a aquel figurín añejo que, en efecto, existen leyendas que relacionan la Mesa de Salomón con los hashshishin o secta de los Asesinos, orden que tanto impresionó a Marco Polo (aun cuando él no llegara a conocerla, pues cuando pasó por aquellos lares ya habían sido borrados de la faz de la tierra por los mongoles) y que fue fundada en el siglo XI en Persia por Hassan ibn Sabbah, apodado Seiduna, apodado “nuestro Amo”, apodado el “Viejo de la Montaña”. Este caudillo se servía de las alucinaciones del hachís para hacer creer a sus seguidores más fanáticos (fidai) que tras la muerte a sus órdenes gozarían del paraíso prometido por Mahoma (el que “está situado bajo la sombra de las espadas”). Luego de dormirlos los despabilaba somnolientos en mitad de la noche entre mullidos cojines, envueltos en ricas túnicas y aromas embriagadores, un lujurioso jardín “antesala del Paraíso”: arroyos límpidos y cantarines, rosas y árboles frutales, animales raros y dóciles, fuentes de leche e hidromiel y, sobre todo —sobre todo—, colmado de hermosas huríes: muchachas de caderas blancas y ojos negros como almendras dotadas por Alá del privilegio de permanecer eternamente jóvenes y eternamente vírgenes sometidas en cuerpo y alma a sus deseos, que lo acariciaban y lo ponían al borde del éxtasis mientras lo enardecían con libaciones dulces, frescas, anestesiantes… Para despertar de nuevo andrajoso al cabo de varias horas en su antro de siempre (talmente que el príncipe Segismundo de La vida es Sueño). Ante ellos su ahora penoso estado terrenal y una consigna: NADA ES VERDAD TODO ESTÁ PERMITIDO A LOS AUDACES. De este modo, vestidos de blanco, recogidos con cinturones y capuchas bermellones bajo sus ropas visibles y armados con un puñal especial, casi un estilete, estriado de veneno, les hacía llevar a cabo los más inauditos y letales crímenes. Ni lugar ni hora les eran un problema. Mahometanos y cristianos fueron aterrorizados y rajados por igual. Dominó sin parangón en su tiempo y sus territorios y no pocas fueron las relaciones con la secta del Temple, quienes compartieron ciertas heterodoxias, ritos y efusiones espirituales de dominación, verbigracia: el bafomet, la piedra filosofal, el elixir de la eterna juventud, la sobrecogedora recitación del Nombre Sagrado y su búsqueda incansable desde más allá de la Muerte y del Tiempo…




 

 

Todo esto devanaba aquel dandi ruinoso, sin dejar de recolocarse o acariciar su fantástico pañuelo de seda —digo yo—, que compartieron los Asesinos y los Templarios a golpes de fervor y muertos, anhelos y sueños temibles. Y según él aún en nuestro tiempo ambos existen de una u otra forma y siguen compitiendo por encontrar el gran secreto del Nombre y así dominar el mundo con el sólo efecto de la palabra.


Fábulas. Sólo la Mesa como obra de arte y principio de sabiduría primordial no lo es. Yo soy uno de sus guardianes. Algún día seré su más grande hierofante. El Salomón del siglo XXI. Un mundo nuevo…


El nota seguía dándome la tabarra con el Temple y sus inagotables fantasías, todas harto exageradas y falsarias. Yo le dejaba y le espoleaba.


Creo que al final me dejaría una buena propina.


Media hora después su petulancia y sus desvaríos estaban empezando a aburrirme. Yo al menos sabía cuándo parar. El pivón había vuelto a sus uñas y su acicalamiento. Y yo, de reojo, a sus tetas, qué tetas, señor. A estas alturas del relato ya se habrán dado cuenta de que soy un tipo vulgar, pero no por ello dejen de leerme. Mi vulgaridad va más allá de sus presunciones y hasta de su perspicacia. Estoy seguro. Estoy muerto. Háganlo por esto.


En esto que el carca dejó a los Asesinos y Templarios y pasó a interpretar la alternancia de líneas pentaculares y otras rectas y paralelas y eso me despertó un punto de alarma… Pero en seguida dejé de darle importancia. Su exposición, si bien muy poco conocida y sólo por expertos muy sagaces pero a la vez extravagantes, era de cuasi dominio público. Aunque muy contaminada de mentira, nada que no estuviera en la Red. No tenía por qué sospechar.


Y es que también en eso tenía razón: que sobre ella está esculpido el curso de las estrellas y hasta la formación de la materia. Que el andoba fuera capaz de ir juntando tales datos en consonancia con nuestra propia y secreta tradición fue lo que me alarmó en un primer instante. Mi audacia se había vuelto mi enemigo. Con una nueva caricia a su preciado pañuelo, el refinado octogenario abordaba ahora la grafía menos perspicua: la precesión de los equinoccios, el número áureo, el salto de la era de Acuario y hasta la expansión de las lindes del cosmos, creando así tiempo y espacio hasta su disolución en el frío vacío o en la Nada, salvo que la Nada es Dios. Y dioses somos todos. Y que religión verdadera no hay más que una, pero que de ningún modo lo es cualquiera de las tres grandes religiones que asolan el planeta, que son falsas y violentas y sólo la Mesa existe, tangible y mágica, símbolo y reliquia de otros tiempos menos intolerantes, más veraces, dadora y transmisora de valores cruciales que enlazan con la Madre Tierra y los andares del Hombre por sobre su faz, dada por los dioses primigenios (otros dicen extraterrestres, que es otra forma de nombrar al verdadero Dios). Ese fue el gran secreto de Salomón: la conservación de una reliquia poderosa, camuflada entre fanáticos cuyo funesto número no ha parado de crecer a la par que la estupidez y la deshonrosa violencia de los hombres más cobardes.


Todo eso —y más— está cincelado en la Mesa. Y todo eso iba desmenuzando el refinado lumbreras. Sin duda era más que un experto (ya se sabe lo que es un experto: un tipo que se ha cansado de estudiar).


Con un delicado toque a la garganta o al pañuelito, se dio a recitar:



 

 

 

¡Oh, Rey eterno y universal!
Tú, que dominas sobre todas las cosas
y conoces todos los misterios, dígnate concederme el don
de la mirada que todo lo ve, y haz que se digne
el ángel Azrael aparecérseme en este espejo.


 

Apoyó sus temblorosas manos en ciertas partes de la Mesa, marcando palmos delicados y concienzudos, al tiempo que proseguía con la monserga…



"En este, por este y con este espejo
pienso y deseo ser sabio
por la voluntad suprema
y por la mediación del ángel de luz
Azrael"


Entre el baile de manos, los toquecitos al pañuelo y su cascada cantinela, el vejete me estaba poniendo de los nervios.



"Ven Azrael, y cómplacete en hacerme compañía
en el nombre del que todo lo puede y lo ordena
con infinita sabiduría".



Aquello ya pasaba de castaño a oscuro.



"Oh Espíritu Supremo que pones en concertado movimiento
todas las cosas, oye mis votos, seate agradable mi deseo
Ordena a Azrael que comparezca en este espejo
Y llenaras de satisfacción a tu siervo que te bendice a Ti
que reinas excelsamente por todos los siglos de los siglos"
Amén.

 


De repente se quedó en silencio, como cogiendo aire para lanzar con fuerza otro de sus dislates.


Al principio creí no entenderle bien. Pero cuando murmuró el segundo nombre de los nueve que conducen a la Gran Invocación, el estómago me dio un vuelco.


El viejo estaba revelando datos que yo ya no estaba tan seguro de que fueran de dominio público, aun para los muy avezados, verbigracia: las claves del Nombre.


Claves de inicio que sólo nosotros conocíamos sin haber sido capaces de continuar, en parte porque ignorábamos su significado exacto, en parte porque nos faltaba la otra parte de la losa —en realidad un trozo del tamaño de un palmo, de ahí que existan tradiciones que la ubiquen en sitios distintos.


Y, sin embargo, aquel dandi fósil, con los ojos perdidos en éxtasis y sobando la losa con las puntas de sus dedos artríticos como un ciego que leyera braille —olvidado de su maravilloso pañuelo y del mundo, y hasta de su chochete—, penetraba en nuestros más preciados entresijos: los nombres de los primeros nueve, intachables guardianes. De ellos nosotros sólo teníamos los seis últimos, y aquel tipo ya había pronunciado el sexto. Y ahora se disponía a pronunciar el primero de los tres últimos, los cuales no eran en absoluto, no ya de dominio público, sino que únicamente eran conocidos por los maestros de la Orden. Yo, como iniciado, los desconocía. Pero sabría si decía verdad por el estremecimiento de la estela sagrada.


Pero esta vez el viejo balbuceaba, dudaba. Se aflojó un tanto el nudo del pañuelo.


El teatro de aquel loco había llegado a su fin.


Ja, ja, cómo me había acojonado el andoba. Capté de reojo a la zorrita: oh sí, aquel vejestorio sabía pasmar al personal.


De pronto lo soltó.


Y la losa retembló.


Sí: yo lo percibí.


Era el temblor de la Gran Señal.


Lo percibí con un escalofrío.


Luego, en verdad, aquel tipo conocía.


Y pronunció el nombre del segundo.


La sacudida de la piedra —contenida pero no insonora— le dio la razón.


El pivón, a su aire, dijo que subía al baño.



 

 

Si aquel tipo tenía todos los nombres, y quién sabe si las claves últimas, además del faltante cacho de Mesa, ya no necesitaría ni al maestro ni a la Orden. Pero tal cacho, de cuyo paradero nadie sabe nada… Por no existir no existen ni leyendas. Pero es.


Y es que la recitación de los nombres sagrados, y acto seguido la declamación ad hoc de los diferentes signos acorde con cierta alineación astrológica (“falsa en los detalles pero verdadera en su totalidad”), daría con el inconcebible Shem Shemaforash.


El viejo articuló el nombre del que fue el primer Baal, y el latido rugiente de la losa, ya sin hesitación y sin mesura, demostró que sabía. Ahora pasaba a la interpretación y declamación del tejido de los surcos. Lo que tanto tiempo llevamos en la Orden buscando, el sentido cabal de ciertos trazados, me estaba siendo declarado a mí, sólo a mí. ¡Posesión e interpretación!


Esta es la formidable dualidad: unos tienen el conocimiento y otros la Mesa. Quien junte los dos en el momento adecuado será el nuevo el portador de la Luz. Es decir: LUCIFER.


Era lo único que le faltaba a la Orden. La Orden sería, al fin, la poseedora del Nombre.


¡Y yo lo tendría antes que ninguno!...


El vértigo de semejante poder me cortaba la respiración.


El Poder.


Entonces ansié matar a aquel tipo. Sí: asesinarlo a sangre fría. Me hervían las venas. Luego subiría a por el anciano Zacarías, le arrancaría las últimas claves buriladas en el trampantojo de sus damasquinados y a continuación detentaría el Nuevo Orden.


Ser de súbito un potentado, como lo fueron el padre Saunier o el obispo Suárez, sólo que yo habré llegado hasta el final.


Será por el progreso, y en nombre del progreso todo está permitido.


En el peor de los casos, será una infamia (pero no hay ningún héroe en este mundo que no lo sea) o una usurpación ladina, pero no más infame ni más ladino que otros muchos que han pasado por sabios y benefactores de este mundo hipócrita: tal como hizo Kepler cuando suprimió a Tycho Brahe, arrogándose sus descubrimientos de astronomía y su gloria; como Newton con Falmsteed; Einstein con Poincaré y con Mileva Maric; Alejandro Dumas a costa de Auguste-Jules Maquet; o como un tal Jesús, luego llamado el Cristo, que se apropió del nombre y la fama de su maestro llamado Juan, apodado el Bautista. Donnadies cuya memoria pende del olvido de la Historia. Así es el hacer del hombre. Así haré yo.


Sí: hasta el final.


Porque sólo yo conoceré el Shem Shemaforash.


Una vez pronunciado la oscura estela se encendería como inflamada, tal que una derrame de lava. A continuación una luz como de espejo quedaría atrapada a su superficie y el devenir quedaría ahí reflejado y atrapado, a merced de su manipulador. Es decir: yo.


Dicen que su pronunciación acarreará una fulminante convulsión global, que dará paso a una nueva era que los testigos de Jehová confundirán con el Armagedón y acto seguido con el nuevo Paraíso en la Tierra, donde todos (todos desde el inicio de los tiempos), jóvenes, castos y a mogollón, alcanzaremos el súmmum de la felicidad; los mormones con la vuelta del ángel moroni y sus planchas de oro con las que culminar la definitiva Transubstantación; los católicos con el triunfo de ese Dios feroz que a golpe de lepra y plagas por fin acabará con tanto pecador irredento; los judíos con la venida del ansiado Mesías y la gehena para todos los que no respetaron el Sábado, gentiles y no gentiles; los protestantes con el despertar de los rescoldos de las dormidas hogueras purificadores; los musulmanes con la venida de Isafal y Azrael y su proclamación sin tregua y sin piedad en pro de la yihad definitiva; los budistas con el triunfo de Mara y sus legiones infernales o el retorno del Iluminado… Punición implacable para todos ellos.


Ahora verán y creerán.


La debacle, el Apocalipsis, está en ciernes. No dudaré.

Esto proclamaré desde lo alto del ancestral santuario de enigmáticas fuerzas telúricas, que luego sería mezquita y luego iglesia llamada Cristo de la Luz (de la Luz), con los brazos abiertos en dirección al orto del próximo equinoccio (¿He de repetir que de la luz?). Será una nueva Era.


Así es como nuestros antepasados dejaron atrás un mundo exangüe y recomenzaron en este (el eslabón perdido), donde ya va haciendo falta un jefe poderoso e implacable que aniquile a tanto espíritu ruin como está desmayando nuestra especie.


Yo seré ese líder.



 

 

Y aquel pivón, que volvía a entrar en mi campo visual y mis anhelos, sin duda capaz de reproducir la especie sin mengua, sería la primera de mis concubinas…


Traté de tranquilizarme.


Tenía que dedicarme a aquel pollo y ver en qué paraba todo aquello.


Negligentemente, el cascado galán seguía descifrando, juntando claves y dándome soluciones. La losa rugía, lenta, crecientemente…


Íbamos por buen camino.


Esto ya no era de ningún modo una fantochada.


El tipo estaba muerto.


Invocados los nombres sólo quedaban apenas dos o tres claves por dilucidar.


Lo inevitable se cernía.


De pronto aquel chiflado se paró.


Apenas un poco después de donde nuestra Orden se había detenido tantas veces —aunque esta vez sin duda rayando el final, a juzgar por la palpitación incesante de la losa, como un corazón o una nova—, el viejo también se frenó.


Avanzar un poco más pero sin llegar hasta el final es como si nada.


Dijo que le faltaban la parte de trazos que resolverían la definitiva recitación.


Mi gozo —mi delirio— en un pozo.


Entonces ocurrió algo increíble.


El pivón.

 

 

 



 

 

PARTE 5

 


 

 

La percibí a mi lado, jadeante, curiosa. Transformada.

Los angulosos hombros de la mujer incursionaron con impertinencia entre el dandi senil y yo, oscilaron con la brusca suavidad de un golpe de mar y la leve capa, arrastrando la capucha, se deslizó por su espalda como un paño de seda por sobre una estatua de mármol. La planeó sobre el disco, exhibiendo un forro blanco rayado de rojas líneas, círculos, letras, números… Los bucles de su melena cobriza, alborotada por la brusquedad del desenmascaro y encendida por el tragaluz, semejaban a esas llamaradas infrarrojas del sol que los modernos telescopios nos muestran. Y qué decir de sus senos… Inclinada hacia la losa, la mujer tenía ahora un perfil de diosa tan fogosa como intocable.


Más allá de toda lujuria su transfigurada belleza me fascinó.


Y me sobrecogió.


Entonces caí en la cuenta de los guarismos, trazos…


¡Era la continuación que faltaba!


Reparé en la inscripción de la capucha: NADA ES VERDAD Y TODO...


Aquello no podía ser una mera coincidencia.


Mi capacidad de asombro fue sustituida por un temor rayano en pánico.


El vejestorio no parecía menos asombrado que yo. Nos dedicamos una mirada de incredulidad o de perdición. ¡¿Qué está pasando?!


La mujer —el pivón, quién lo diría— se irguió con la mirada llameante y las manos firmemente trémulas (valga el oxímoron). De repente, todo su empalagoso encanto adquirió una rigidez anhelante y perturbadora, siniestra, y extendiendo los brazos, con una veneración exaltada, pronunció algo ininteligible.


La Mesa —el betilo sagrado— osciló como si quisiera enderezarse.


Y es que ya todos los pasos habían sido dados; ahora sólo faltaba hacerlo en el instante preciso según la posición de nuestro firmamento junto al cacho faltante y emprender la Gran Invocación, la definitiva plegaria capaz de conmover al fin el Universo, el Nombre Creador-Regenerador: el SHEM SHEMAFORASH.



 

 

Pero… ¿cómo cuadrar semejante cúmulo de sobresaltos?

 

Yo no acertaba a reaccionar. Y menos aún el amojamado lechuguino, que con los ojillos clavados en la mujer parecía haberse fosilizado por completo: tal que una momia entre el estupor y el terror.


Ella con el rostro encarado al cacho de cielo que asomaba por el ventanuco aulló de gozo.


Un gozo salvaje.


Se alzó sobre las puntas de sus pies como una bailarina, o en realidad levitaba.


Aleteó como cuando en sueños lo hacemos y volamos… Sólo que ella lo estaba consiguiendo ante mi vigilia y mi pasmo, salvo que vivamos en un sueño y siendo la vida sueño, los sueños, sueños…


El brusco ademán con que se echó mano a la cintura y esgrimió un puñal no tuvo nada de soñoliento. Era el puñal… ¡El puñal de los Asesinos! Ella era una enviada. ¡Una Asesina!...


Heredera de Hassan ibn Sabbah, cuya furiosa estirpe volvía a irrumpir después de tantos siglos de reposar en la leyenda, ávidos de la gnosis extraviada y de los misterios sacros, en especial la Mesa, aquella flamante (o no) hashshishin nos había alcanzado.


Comprendí todo esto al tiempo que ella enviaba un relámpago ponzoñoso al pescuezo del exquisito carcamal, y de un certero y fulminante pase (porque yo no vi que le tocara) le seccionó a la vez la carótida y el nudo del pañuelito: la sangre saltó con una jovialidad postrer, y el viejo, incapaz de quitar los ojillos de su chochete asesino, intentó ordenarse el pañuelo en tanto se inclinaba…


Fue lo último que capté de aquel curioso personaje mientras por puro instinto me arqueaba hacia atrás justo cuando ese mismo filo goteante de sangre, veneno y ardor venía a mi cara. Volé hasta la puerta adonde me arrojé sintiendo muy cerca de la oreja el vuelo del puñal. Lo sentí incrustarse con un temblor cuya vibración fuera de mis carnes me insufló fuerzas para rebotar como una bala y echar el cerrojo. Acto seguido me abalancé sobre los timones… 


Y el agua retomó antiguos cauces.


Con la ceja colgando como una peladura de naranja y sangrando como un cerdo en matanza traté de pensar en el siguiente movimiento. (Así que es verdad que a todo cerdo le llega su san Martín.)


La sangre, la conmoción, el terror, aquel resoplido ciego y feroz, no me dejaban.


¿Habría penetrado el veneno en mi cuerpo o todo habría sido destilado en el cuello del viejo? Lo que sí tenía era una buena brecha en medio de la cara, aunque no tan grande como mi miedo.


Y la Mesa no estaba conmigo. Pero tampoco podría llevársela.


El suelo de la aceña comenzó a encharcarse, el Tajo a tragarse las patas de la Mesa. Su formidable rumor a tranquilizarme.


Al otro lado de la puerta, el puñal viviente, aquella fidai voluptuosa (me pregunté qué clase de paraíso anhelaría), se revolvía hesitante, iracunda. Sus ojos de fuego rielaban en al agua que la anegaba. A través de las rendijas podía verla chapoteando en la oscuridad, nimbada por el contraluz del ventanuco como un ángel vengador, mientras yo ascendía reculando y flotando, abyecto, convulso, escalón sobre escalón, pavor sobre pavor.


Luego el silencio.


El agua.


¿Estaría muerta?


Seguro que no.


Sin respiración, sin alivio, con la camiseta taponándome la herida —que era como otro Tajo en mi cara—, escalé los infinitos peldaños hasta el taller.


Llamé al maestro: no recibí respuesta.


El local estaba cerrado.


En un rincón, tirado entre platos damasquinados, espadas, armaduras y estandartes, yacía de gules y ya cadáver sobre campo azur el maestro Zacarías. Tenía el buril incrustado en un ojo cuya punta le asomaba por la coronilla. A sus pies se enroscaba culpable y fatal una maza de cadena ensangrentada, erizada de púas y mechones canosos.


El letrero había sido corregido con la sangre del maestro:


 

 

ESTO TAMBIÉN DE AQUÍ NO PASARÁ

 

 

 



 

 

 

Hui como el asesino que había soñado ser.


Encerrado en mi apartamento, tecleo menos agotado que desquiciado.


No tengo miedo a la Orden, porque de alguna manera sé que puedo librarme, aunque sea en medio de la infamia o de la miseria; tampoco a las autoridades, ya que podría arreglármelas en la clandestinidad. Pero de la Secta de los Asesinos, los Hashashins, sé que no, que no me dejarán vivir.


He tenido que zozobrar la Mesa, y de momento está a salvo. De momento.


Sé que ella (el pivón) me aguarda en el hospital si voy por allí, de agente de policía si acudo a una comisaría, de barrendera si se me ocurre salir a la calle, de ejecutiva desdeñosa, de pedigüeña en un semáforo, de atractiva ciclista o de putón verbenero o… La tilde de su filo pende sobre mí como sobre una letra muerta. La mía. Yo.


Es el tributo del NOMBRE.


Soñé con ser poderoso y ahora lo serán otros.


Soñé con pasar a la historia y ahora sólo seré una anécdota más de la Mesa de Salomón.


Todo lo demás es corrupción, y yo he de morir.


La leyenda vuelve una y otra vez.


Tariq-Muza. Como aquéllos yo también perderé la cabeza. No es del todo injusto que así sea. Sólo me preocupa que ella me encuentre antes de notificarlo a los nuestros. No me atrevo a salir. Por eso escribo todo esto en un blog cualquiera. Es un mensaje en una botella al océano de internet. De la desesperación. He escrito la palabra octogonal: por ahí los míos sabrán sacar dónde y cómo he puesto a salvo la Mesa.


Porque si no es así la devastación está en ciernes.


Estoy empezando a sentir una inquietante paralización…


¿Qué es ese ruido?…


Cuelgo esto en la Red o el albur y vuelvo en seguida…