Mensaje en una botella o la mujer del castillo

 

Cada 22 de junio una mujer se asoma en la alborada al horizonte o al vacío desde la torre del homenaje del castillo de Puñoenrostro.


Esto no tendría nada de particular si no fuera porque lleva haciéndolo 500 años.


Sin embargo, yo no la he visto. La veré. Pero no la he visto.


Lo sé porque ella nos lo ha dicho.


Y digo nos porque lo ha dejado escrito a cualquiera que pudiera encontrar su mensaje. He sido yo. Casualidad. Así ocurrió:


Bajaba yo la otra tarde por la calle Ancha, con la intención de recrearme con la puesta de sol desde la ladera del castillo, dando patadas a las piedrecillas y de cuando en cuando cogiendo alguna para tirarla, bien a la corriente del arroyo, bien contra un bote llamativo, bien contra una rama nítida y arrogante, bien contra un pajarillo burlón...


Ni un solo acierto.


Y así fue como rodeando la falda del Puñoenrostro divisé una oxidada lata de refresco y sobre la marcha le lancé un guijarro. Para no variar, fallé. Por puro aburrimiento recogí algunas más y seguí disparando. Como no conseguía hacer diana cambié por otro objetivo más asequible: encestar en un neumático. Mismo resultado. Sólo que esta vez no toda la culpa era mía: el resplandor anaranjado de un cristal semienterrado me hacía guiñar los ojos.


Era un destello como un aleteo que me llamara o como un código de auxilio.


Entonces cambié de opinión, y tomando un canto la emprendí con tan insolente fulgor.


Estaba seguro de que no obtendría ningún resultado y quizá por eso me sorprendió tanto alcanzarlo de lleno. Asombrado, subí a comprobar mi triunfo. Los cristales rotos, no sé por qué, se me antojaron una sonrisa de triunfo. Bajo la piedra una muy sucia botella hecha añicos dejaba ver una especie de trapo enrollado.


Aparté piedra y vidrios con extremo cuidado a fin de no cortarme, y lo extraje.


Era un pergamino


Un pergamino saturado de letras casi sin solución de continuidad.


Mientras desenrollaba el documento éste se fracturó en varios trozos.


Allí, en el borde de la tarde y del cerro, con mi sombra estirándose hacia el castillo, que me contemplaba con su aspecto pétreo, y yo diría que casi ceñudo, no me moví hasta descifrar las primeras frases.


Era una escritura extraña y abigarrada, de letras desvaídas y picudas.

Lo que en un principio tomé por innúmeras faltas de ortografía no era sino una redacción típica en castellano antiguo, muy antiguo: porpola, aqueste, tolgamos, fer, vezino, solstitium, faza, venar se juntaban con otras en un barullo de letras poco menos que ininteligibles. Pero al fin una frase clara y contundente logré entresacar y traducir. En seguida, como en un crucigrama espeso y erróneo, otra. Y otra más. El sol se hundía por las lomas de Esquivias. Perdería un delicioso crepúsculo pero había encontrado un tesoro. El tesoro de una historia, de una súplica: el de un anhelo inmune al Tiempo.


El papel crujía. A cada mínima estirada, por suave y esmerada que fuera, un nuevo pedazo me caía entre los dedos: a veces sólo sostenerlo y se desmigaba. Intuí que ciertas condiciones, quizás el haber sido introducido en la botella y luego por medio de algún ingenioso procedimiento extraído el aire y taponado, por algo ahora podrido, lo habían mantenido cuasi incólume.



De pronto fui consciente de su irrevocable fragilidad y una perplejidad revuelta de conmoción me dejó temblando en medio de la ladera.


Se iba el sol. Apenas podía seguir leyendo. Yo interpretaba y sufría. Porque se iba la luz, porque se deshacía el papel: porque una voz del otro lado del milenio se me estaba escapando.


Casi sin tocarlo, trémulo de ansiedad y júbilo, con el cuidado de un niño que transporta su tarta de cumpleaños, me lo llevé a casa.


No les voy a relatar ahora las muchas horas –días incluso– que me llevó recomponerlo, el ansia y perseverancia insomne con que acometí tan delicado empeño hasta llegar a lo que ahora voy a transcribirles.


Los pedazos se han vuelto tan mínimos que ya sólo son polvo.


He aquí lo que conseguí desentrañar:



 

Soy doña Helvira de Peñalosa, condesa de Velasco. Después de infinitas lunas de soledad y cansancio mando esta (aquesta) petición de ayuda.


Estoy sola. Espero desde hace mucho.


Fui encarcelada por mi marido, el conde de Velasco. Un apuesto herrero y una remota guerra me retienen aquí. Ambos partieron a la lid y ninguno ha vuelto. Prometí esperar a mi amante y cumplo mi promesa. El primero dijo: Aquí te encierro por mi honor. El segundo dijo: Volveré.


Y por amor sigo esperando.


Corrían los años de la muerte de nuestro rey Enrique IV, y el conde de Velasco, con la excusa del aprestamiento de sus huestes para batallar por nuestra reina Juana, motejada por nuestros enemigos La Beltraneja, me encerró en este torreón.


La historia es algo más enredada.


Apenas un año antes habíamos contraído matrimonio. Fue un himeneo concertado por nuestras familias. Yo quise negarme pero no pude. En esto no puedo dejar de alabar a la tía de nuestra reina, la aspirante y causante de la guerra civil, doña Isabel, que rechazó al príncipe portugués en favor de su primo el muy católico, apuesto y fogoso Fernando de Aragón.

 

El caso es que no tuve fuerzas y acabé aceptando. Para entonces mi corazón pertenecía a Diosdado. También después de la boda seguiría perteneciendo a él. Y aún hoy, que no sé en qué época me hallo, sigue siendo suyo.


Diosdado era el hijo del herrero de la aldea y ocasiones venía al castillo. En las caballerizas nos conocimos de críos y ahí más tarde, cuando ya no era el hijo del herrero sino el herrero, consumamos nuestra unión. Creímos que siempre podríamos estar juntos. Pero mi madre y mi padre, principal a las órdenes del Regidor de este castillo y su heredad, ya habían decidido por mí. Mi futuro esposo, sobrino de obispo y capitán de infantes a las órdenes del Rey me conoció un mes antes de la boda. Dijo que nuestras sangres eran puras y ligadas a reyes y que nuestros descendientes serían grandes hidalgos o infanzones, quién sabe si no mismos reyes.


Al día siguiente Diosdado no apareció por el castillo, como yo tenía concertado de tapadillo a cuenta de cierto escrutinio a ciertas mulas. Vino otro herrador. Hice averiguaciones y hallé que el gobierno de esta fortaleza lo había despedido por siempre y prohibido acercarse a estos muros, propiedad de uno de los más leales servidores del Rey, so pena de grave pena, tal vez la muerte. Pregunté con cuanta sutileza me fue posible, pero vanos fueron mis denuedos. Entretanto, llegó la boda.


Conseguí hacer creer al conde el haber sido desflorada por él y esto le bastó para mostrarse ufano y arrogante. Los primeros días de mi himeneo no fueron ni de dicha ni de gozo pero al menos fueron sosegados, y, puesto que mi vida no era distinta a la de otras doncellas, e incluso mucho mejor, decidí aceptar mi nuevo estado con resignación.


Hasta el día en que una vieja de la aldea de Borox que componía esteras me susurró el nombre de Diosdado. Por ella supe que había sido desterrado a no menos de dos leguas del castillo, después de haber sufrido flagelación y suplicio. Al menos vivía. Cómo añoré sus risas, sus saltos, sus abrazos…

 

Con el conde nada de risas, nada de saltos, nada de abrazos. Sólo bastas y brutales embestidas en el lecho, que, por fortuna, no duraban mucho. Fue así como el recuerdo de Diosdado se me hizo más persistente y anhelante. Si nuestros pechos necesitan del aire para mantenernos la vida, mi alma necesitaba de él, pues qué era respirar sin Diosdado a mi lado.

 

Cuando al conde empezó por pasar largas jornadas de caza en los bosques de las Espartinas y regresar tarde en la tarde, no menos por la caza que por sus correrías licenciosas por la aldea de los Casares, de Valdemoro y hasta por otros caseríos de su muy amigo el Señor de Chinchón, por medio de la vieja y leal esterera la hice llegar un mensaje.



Una tarde conseguí verme con él en las caballerizas. La esterera lo había introducido disfrazado de aprendiz. Primero nos abrazamos, luego lloramos. O quizás primero lloramos y luego nos abrazamos. Hicimos el amor (yogamos). Así pasamos la primavera. En mañanas concertadas con la esterera yo lo esperaba con disimulada excitación tras las almenas. No siempre podíamos sentirnos pero a mí me bastaba con verlo pisar el puente levadizo. Un día no apareció. Tampoco los siguientes. La esterera no sabía nada. El conde, que ya no me prestaba atención, me dijo que su honor era más grande que mi linaje y que Dios había dictado justicia. Por fin la esterera me informó de que Diosdado había sido encontrado medio muerto en una de las zanjas que descienden a la vega. Milagrosamente, se mantenía con vida gracias a ciertos brebajes que ella y otras viejas le suministraban.


Tan pronto hube ocasión apresuré a la esterera. Guiada en la negra noche por su mano áspera y dura como una rama seca la seguí con muchos tumbos y tropiezos por angosturas y barrancas. Pero lo que más saltaba era mi corazón. Nada me asustaba, empero. Ni siquiera el aullido de los lobos mientras hurtábamos la floresta de las Espartinas. Ya en pleno páramo de Borox la esterera se detuvo frente a un ribazo, bajo noble y anchurosa encina. Al claror de la luna vi cuán asombrado nos miraba un tranquilo mochuelo asentado sobre liviana rama. Silbó el pájaro pero no se movió. Volvió a ulular y entonces advertí que era la vieja quien lo hacía. Se agitaron luengas hierbas y amplio boquete en la tierra surgió. Entramos a gatas. Era una cueva. Junto a una vela dos viejas más nos recibieron en cuclillas. Cuchichearon entre ellas y movieron la vela. Su luz fue a parar sobre bulto de pieles. La esterera las movió y entonces vi a mi amor, seco, pálido, inmóvil. ¡Cómo besé sus labios quietos, cómo enjuagué con mis lágrimas la seca sangre de sus heridas, cómo mis dedos recorrieron su piel yerta! Grité: ¿¡Acaso no es un muerto!? Ellas señalaron a un caldero encima de tristes brasas. Al lado, dentro de pequeña y rica jaula, un sapo croó con la majestad de un dios de paganos.


Las viejas dijeron que aquel bebedizo sorbido por dos verdaderos amantes superaría toda penuria y sinsabor. Dijeron que dijera: Todo deseo más allá del deseo sobrevive al destino y aun al Todopoderoso (e sobre y vive al Criador). Así dije.


Y revivió. Y nos volvimos a ver. Siempre en la hora del mochuelo. Entonces estalló la guerra. El conde encargó tenaces y complicados cerrojos para este torreón. El castillo quedó silencioso y yo su cautiva. La partida fue al alba. El ruido de sus armaduras y cabalgaduras se prolongó hasta el mediodía. Sin posibilidad ninguna de salir ni mi amador de entrar, ya recuperado y con un pañuelo lleno de mis lágrimas, Diosdado cruzó en la noche el magno estado del Señor de Chinchón y se unió a los partidarios de Isabel.


Prometiome antes que volvería victorioso y con grande título que demandaría al valeroso Fernando en pago al apoyo de su causa, y ya como hidalgo, si no le dejaban acceder a esta mi prisión, siguiera casada o viuda, se presentaría sin falta en el crepúsculo de la noche más corta del año para tomarme y llevarme a lomos del alba y de su ufano corcel, por do manan los ríos que, como cantan los deleitosos trovadores, «que van a dar a la mar que es…». ¡Oh, no!




De nuevo requerí a las brujas de Borox y les supliqué un último y definitivo brebaje: un hechizo que no me deje ir de este mundo sin que los ojos de mi cara hayan visto la vuelta de mi amor en la alborada de cualquiera solsticio del luminoso verano.

 

Un año después el conde arribó a la decisiva batalla de Toro. Y en ella feneció.


Los que a la postre serían los Reyes Católicos habían triunfado.


Los señores del castillo no tardaron en cambiar de pleitesía.


Pronto vería a mi amador. «Todo deseo más allá del deseo…»


A nuestra Reina, motejada por nuestros enemigos La Beltraneja, la recluyeron en un convento en Portugal. Yo también quedé aquí recluida entre estos antepechos circulares como mi gran anhelo. Porque mi amador no ha vuelto. Pero sé que lo hará.


Prometió venir con gallardía y con astucia y yo no dejar de verlo retornar empinada a esta alta torre del Homenaje desde la que oteo la rosada aurora y mi dicha venidera.


Así pasó los días, los años, quizá los siglos.


Cosa extraña recuerdo haber oído a ancianos artesanos de esta mi fiera prisión que me caí una mañana por entre las almenas, a otros que morí loca aunque menos joven el mismo año que otra Juana, hija de los Reyes Católicos. Habladurías. Lástima que ya no estén ninguna de las brujas de Borox, tampoco sirvientes ni visitas que puedan ayudarme o traerme noticias allende estos campos: estos campos tan cambiados hacia la vieja Tolaitola —o como a mis abuelos les gustaba llamarla, Toletum—, recorridos por antorchas rugientes y veloces por sobre caminos extrañamente empedrados. He creído escuchar voces cuya lengua es muy parecida a la mía; supongo que todas esas muchas hogueras al otro lado del arroyo serán colonizadores traídos por el muy católico rey Fernando. Casi no los entiendo. Ojalá alguno de estos repobladores sepa leer. Ojalá esta redoma con este pergamino ruede hasta algún caballero o vasallo que se apiade de mí. Ojalá supiera.


Ah, el día viene tan rápido y una vez más mis ojos no ven lo que tanto codician...







«E porque esto sea creýdo e non enga en dubda dexo esta carta sellada con mi sello e súplyca dada e veinte e dos días de junio año del nasçimiento del nuestro Señor Jhesucristo de mill e quinientos e [ilegible] años.»



Pronto llegará el verano.


Está el castillo. Está la torre del Homenaje. Y sé que ella también estará.


Yo, desde luego.