PECADOS: LOS GUARDIANES DEL CETRO

 

 

Si para los Danzantes la reliquia sagrada es el serenero, para nosotros es el cetro.

 

Y símbolos de ese cetro son estas varas que ahora arrastramos por el suelo en tanto en el interior del templo un ritual espurio insolenta mi espíritu y el de mis antepasados.

 

Mi nombre es Pascual, pero nadie me conoce sino por el de Vuelarraco, y soy el Pecado Mayor, no el honorífico, sino el Gran Pecado Mayor.

 

Lo de Vuelarraco me lo puso en mis días mozos el hijo del cacique porque más de una vez me llevé a sus hembras a los árboles del Modorro y allí, coreado por ranas y milanos, las cabalgué como un jabato.

 

Pero no es de mis motes ni de mis aventuras amatorias de lo que quiero hablarles.

 

Sino de nosotros: los Pecados. Los guardianes del cetro. El cetro de nuestros dioses.

 

¡Escuchen!

 

Abran su mente o no me lean porque de lo contrario acabarán por echar espuma por la boca y de vuestros ojos enrabietados manaréis bilis.

 

Y es que mis enseñanzas no «gotearán como lluvia…» sino como salvaje granizo.

 

Como les decía, soy un Pecado más de esos que los oficialistas definen como representantes de «los pecados capitales».

 

De eso nada. Lejos de ser la representación del Mal, somos los custodios desarmados de la Diosa, que es el Bien por excelencia y nos mostró el camino para salir de la oscuridad: sabiduría, familia, lealtad y sacrificio.

 

Desarmados, pero no rendidos.

 

Es cierto que primero fuimos soldados cuando las praderas del mundo eran infinitas y el conocimiento el mayor tesoro. Luego, cuando los hombres dejaron de vagar y de matarse, nos encerramos en templos inauditos —también emanados de Su saber— y desde allí lo divulgamos en nombre de la paz y el progreso. Ellos nos lo transmitieron y nosotros lo protegimos mientras pudimos… Hasta que llegó el ominoso Edicto y finalmente la Proscripción a muerte.

 

Y comenzamos un largo peregrinar hacia los bordes del orbe.

 

Y en este rescoldo de color y trepidancia nuestras exhaustas sacerdotisas y soldados hallaron el reposo y el olvido. Ahora sólo somos un rito que con soterrada industria alaba a nuestras genuinas divinidades.

 

De aquellos ejércitos implacables estas tristes holganzas.

 

No es mal fin, a pesar de todo.

 

Pasados los siglos, los Pecados —los guerreros de Su saber—, no dejamos de rendirles pleitesía.

 

Dentro de unos minutos llevaremos a cabo la «gran representación».

 

Entonces nos harán correr hasta el «sagrado Sacramento», un crucifijo con fasces radiantes de iniquidad (In hoc signo vinces), ante el que tendremos que envilecernos.

 

¡Perra blasfemia!

Nuevo escopetazo. (¡¿De dónde se habrán sacado que el olor de la pólvora semeja al del infierno?!) Volvemos a aullar. Pero no por aborrecimiento, como no sea contra sus prejuicios.

 

Nos movilizamos.

 

Arrastramos nuestros cetros en cuyos crujientes despliegues una vez residió el saber que habría de transformar a una bestia torpe y caníbal en un ser civilizado.

 

Pero ha sido tal el machaqueo de la Innombrable que ha desquiciado nuestra esencia hasta una mera estampa de colorido y ritmo. Lo que no saben —lo que no quieren saber— es que la devoción original perdura y llegará un día en que se restaurará y con ella el fin de la ira.

 

Algunas de nuestras sacerdotisas fueron quemadas bajo la Summis desiderantes affectibus. Llevadas hasta sus altares lustrosos —pero por dentro llenos de rapiña y codicia— les aplicaban el Sigillum diaboli y luego de eyacular sobre sus cuerpos dislocados las arrastraban a sus «bendecidas» hogueras. No consiguieron extinguir el secreto.

 

Y aquí estamos, inmunes en el tiempo, aunque sea bajo una férula de falsos oropeles, sermones hueros y explicaciones espurias.

 

Hombres y mujeres valientes han hecho falta para ello.

 

Permanecemos. Y la secreta enseñanza pasa de generación en generación, aunque sólo unos pocos seamos los elegidos. No faltan novicios. Pronto seremos legión.

 

No era así en mis años mozos. Tiempos duros. Desalentados por la penuria pocos eran los que se apuntaban. Aun así, la cofradía de los Pecados fue siempre la más severa. Esto no le gustó nunca a mi amigo Romualdo, el hasta hace bien poco danzante Judío Mayor. Pero el caso es que para ingresar teníamos que superar pruebas ásperas y muchos colodrones. Enfundados en pieles elementales y malolientes en recuerdo de nuestros ancestros bestiales nos soltaban por el pueblo y luego nos daban caza. Los veteranos y hasta los Ramaleros nos perseguían con una constancia brutal que nos cortaba hasta el aliento. Huíamos por calles embarradas o polvorientas y cuando sentíamos a nuestras espaldas chasquear las cinchas y las correas de las mulas, zumbábamos entonces por sobre tapias y corrales como acosados por lobos hambrientos o demonios devoradores de niños.

 

Luego venía la ceremonia de purificación mediante el agua, ahora llamada de «La horca» —mancillada por baldes hilarantes y desaforados—, las amonestaciones ante el ara de la Diosa, que degeneró en patíbulo, el ayuno y la bajada de la horca o el descenso a las tinieblas para atisbar el horror del maligno, que es el no contacto con Ella. Y, por último, el vistoso traje oficial, símbolo del hombre nuevo y civilizado.

 

También está el rito de la iniciación mistérica. Para llegar a él se necesitan años. Para él no hay palabras. Para él hay que ser un elegido. Yo lo soy.

 

Pero todo esto te sucedía si no eras atrapado. Porque de ser así, entonces te desollaban las espaldas a correazos sin miramientos.

 

Y no había lloros ni ruegos que valieran.

 

Sólo una cosa te podía salvar el pellejo: «¡Danzante!». Ese era el grito salvador. Te librabas de la feroz somanta de palos pero renunciabas a entrar en la cofradía de los Pecados. Los flojeras lloriqueaban danzante, y de danzante se iban.

 

Sí, tiempos duros.

 

El grito de marras fue algo que siempre irritó mucho a mi amigo Romualdo. Pero es que en nuestra cofradía la inercia de primitivas epopeyas y el hecho de hallarnos en permanente guardia ante tan crónicas y temibles agresiones —aunque al final casi hayamos perdido— nos infundió, al menos todavía en aquella época, de un fiero sentido de la selección, que volcamos sobre los neófitos como garantía de supervivencia. Al fin y al cabo, somos los preservadores del cetro confiado por la Diosa, los guardianes del conocimiento, sus primigenios soldados, siempre invacilantes —hasta dar la vida—, nunca abyectos.

 

Y es que los danzantes han tenido siempre algo de señoritas. ¡Ja, ja! No en vano antes de que la feroz secta de los cristianos depravara nuestro culto y la Innombrable nos demonizara, los danzantes eran mujeres que con su voluptuosidad y sincero arrebato agradaban a la Diosa.

 

Pero la secta acabó por imponer su horror y misoginia y así convirtieron a estas compañeras magníficas en animales de los que llegaron a discutir incluso si poseían alma.

 

¡Ellas, las portadoras de la vida y la armonía! ¡Perros infames!

Nos quitaron a las mujeres —¡pero algún día volverán!— y nos acusaron de perpetuar el «orden pagano», que no negamos. Paganos: campesinos. Honestos y laboriosos. Desde esos días inmemoriales y tierras ya olvidadas celebramos el día del Sol y la lograda cosecha. Tras el Edicto y su furibunda persecución, los paganos tuvieron que camuflar sus ritos o serían sacramentados a sangre y fuego.

 

Aun así, no pocas veces la Innombrable ha conculcado nuestros ritos. Hace unas pocas décadas —sin ir más lejos— exigieron otra vuelta de tuerca, atreviéndose incluso a prohibirlo; sólo cuando nuestros más directos antecesores accedieron a trocar definitivamente los sagrados estandartes por sus lienzos abominables, nuestras hermandades gentiles por su vesania maniquea y las carreras de triunfo por sus chillidos «maléficos», nos dejaron volver.

 

Y todo ello —¡cómo si no fuera poco!—, infamados por su Veni Sancte Spiritus.

 

Irremediablemente, su ansia siniestra ha dado los frutos apetecidos: el total dominio de las Hermandades a la par que enajenar a casi todo un pueblo.

 

Casi.

 

Algunos —sin duda con el auxilio de la Diosa—, hemos logrado mantener el inmaculado sentimiento de esta grande tradición.

 

Sí, larga viene siendo la pesadumbre y mucho han cambiado las cosas en esta última centuria, en especial tras la guerra civil y la subsiguiente purgación de la Innombrable: los añejos aquelarres, la vestimenta, las ceremonias... Pero no su esencia, aunque pocos la conozcan.

 

Ha llegado el momento.

 

Podéis reíros de mí o insultarme. (¡Llorad bilis!)

 

Pese a la persistencia sádica de la Innombrable, con el nuevo siglo nos aprestamos a correr más allá del boato y la simonía: en el seno de cada falso pendón aún es posible reconocer los herméticos símbolos de evolución, fertilidad y tolerancia.

 

Nada de panecillos blasfemos ni hostias.

 

Y hacía ese caro estandarte parte ya la Pecadilla.

 

El mal camuflado, dicen.

 

Y no saben que es el heraldo infatigable de ambos bandos, de ahí su vestimenta dual, su jolgorio apenas contenido. Lleva a la Diosa el mensaje jubiloso, como todas las primaveras desde la noche de los tiempos, de que hombres y mujeres, sin discriminación y sin discordia, hemos entendido y extendido Su legado y que está a salvo en el fondo de los mismos templos inauditos que también Ella nos confió, entre cuyas ruinas resuena el eco de Sus misteriosos susurros.

 

Es un viaje de agradecimiento a Ella y la tríada de nuestros dioses benevolentes, que en tanto atributos del Uno, nos revelaron el poder de la agricultura y al poco la civilización y la escritura, luego su protección y finalmente el tercero que dividió sus ojos entre el día y la noche para que su amparo no dejara de ser eterno y su magia totalizadora.

 

Hecha la revelación nos dejaron el arbitrio y una balanza cuyo fulcro fluctúa por una pluma en tanto llegan nuestros corazones.

 

Pues la carrera no es sino una peregrinación alegórica de nuestro ritual: un viaje —y aquí tienen razón, pero de otra manera, los fanáticos y cazurros que, como perros falderos de la Innombrable, dirigen las Hermandades— hacia la «fuente solar de la que fuimos irradiados».

 

Aleteamos tan cerca de la tierra como signo de elevación y anhelo del destello primigenio, aquí y ahora como tantas veces en nuestros sueños, porque no olvidamos, aunque pocos lo entiendan, que nos debemos a nuestros dioses ancestrales que nos enseñaron algo más que ritos, algo más que ira y dolor: nos enseñaron lo que somos y sólo unos pocos en estos miles de millones que pueblan la Tierra no lo hemos dejado perder. Aquí seguimos, embriagados de baile y alabanza, blandiendo nuestros arcanos atributos como esta vara tan desviada por nuestros obscenos enemigos, porque fue cetro y objeto de obra y no de saña, que miles de años después no cejamos de asirla con puños ardientes y aullidos de júbilo —que no de «aversión»—, ya que abrumados de gratitud nos quedamos sin palabras y sólo podemos aullar, como aullaba el Hombre antes de que Ella nos revelara el poder del lenguaje y el pensamiento, y es así como llegamos aniquilados de gozo hacia lo que un día fue el blasón de su trono bajo un sol flanqueado de cuernos, distintivo de predilección divina para con los cuidadores de la tierra y su savia, de la servidumbre de todo lo vivo por sobre la faz a nuestra especie.

 

De ahí esta vara, cetro papiriforme o nenej en loor del Señor de la Tríada, misionero no de palabras y servilismo, sino de fruto y civilización; de ahí las astas de nuestras caretas en loor de los cuernos liriformes de la Señora, de ahí esas cruces de Malta que un día fueron alegorías ansadas, atributos de vida y tránsito inexorable, de ahí…

 

Nos los borraron de la memoria y vino el sufrimiento.



De ahí que ahora nuestro aullido esté impregnado de lamento por el daño infligido por la Innombrable a nuestros dioses, a nuestras mujeres y a la tierra consagrada. Corremos, por tanto, no como seres infernales sino como seres conscientes y agradecidos.

 

Somos los elegidos y anhelamos su visión el día del Sol.

 

En algún momento ya nos lo temíamos y por eso antaño —milenios ha— sacrificábamos un cerdo, que era la pieza viva más valiosa para el hombre, en Su honor.

 

Porque todo renace como el sol y la luna tras los ataques del verraco negro.

 

El Verraco Negro, que ya se arranca.

 

He aquí el único punto de sutil coincidencia con nuestros abominables enemigos.

 

El verraco es el Mal.

 

Va entre nosotros de la misma manera que todos vamos en el día y en la noche, en el odio y en el amor. No queremos perderle de vista. La Pecadilla se lo ha advertido a la Señora: viene el verraco negro —que antes fue cocodrilo y escorpión—: ¡Protégenos! Y pocos son los que se han percatado: en ese momento inefable el sol de la mañana brilla un poco más. Los científicos dicen que son tormentas solares que casualmente se producen en esa época del año. Los elegidos en este punto sobre la faz sabemos el porqué.

 

El verraco es el enemigo en el tiempo. Es el mal mismo que impide que la tierra santa para todos en todas partes florezca o que se desaten las tormentas devastadoras, es la nube en el horizonte y en la mente, preñada de catástrofe y ofuscación, es el eclipse incomprensible en el pasado, hoy la orgía de aridez y calamidad que a veces logra imponer con su perversidad vigilante. Es el que se mete en los corazones retacos y los convierte en tempestades de locura, destruyendo nuestras cosechas y el sentimiento, es el señor del desierto que anhela su dilatación hasta confundirlo con el caos que reina más allá de las estrellas, en una desolación infinita de fuegos cósmicos que nadie verá.

 

Es el hermano que mata, la ceguera acechante en el ojo de la dicha, la mano amante que infama, la consternación y la tragedia, la argucia y el desenfreno, la hipocresía, la gula, la ira. Soy yo mismo cuando les hablé de mis palabras como granizo.

 

Es el mono loco, el caníbal voraz y supersticioso que se opone al Hombre.

 

Este es el auténtico felón, el del «engaño y la seducción».

 

Fijaos en él… No en su espantable atavío…

 

(¡Abrid los ojos!…)

 

(No los de vuestra cara sino los del espíritu.)

 

¿Lo habéis descubierto ya…?

 

Continuad leyendo.

 

La lucha sigue. Y no acabará en tanto no retornemos a nuestros dioses postergados. Entonces, el Señor del cetro volverá a gobernar con su sabiduría clarividente, sin exclusiones y sin revancha. Hasta ese día no podremos deshacernos del verraco negro, porque va en la misma nave que nuestros dioses, que son nuestras almas y nuestros pensamientos están hechos de su misma sustancia tanto como de la divinidad que puso en moción la Historia.

 

El gorrino es nuestro opresor y es nuestro rehén. Lo ofrecían nuestros antepasados como sacrificio en los ensueños de plenilunio, a fin de ayudar a renacer al ojo de la noche de la mordedura del Horrible, que en forma de verraco negro la embestía. Y así volvía la luna y con ella los frutos que medran en la oscuridad, expectantes de la aurora, como las uvas, la rosa del azafrán, la aceituna que el viento ululante habrá de tirar o indultar, las semillas que se hinchan para elevarse durante el día ante el otro ojo dador de vida… Aunque queramos, no podemos aniquilarlo. Es uno de los nuestros.

 

Ninguno podemos faltar.

 

Viejos y jóvenes, veteranos y novicios se van sucediendo. Algunos de éstos últimos son tan vehementes en su entrega que más que aullar mugen, tan osados en su juventud, con sus teléfonos móviles y sus cachivaches increíbles, tan prodigiosos, tan intrascendentes. Yo sí que he visto cosas prodigiosas: he visto bajar al lobo de las Cabezuelas, al Tocón arder en la tarde como un sol que horrorizado y harto de alumbrar a unos seres tan estúpidamente voraces regresara al Levante, a su propia germinación para no volver, salvo para enviar a la Gran Leona, la Insaciable, y esta vez sin compasión y sin vuelta de hoja; al pozo de la guindalera derramarse a borbotones, cuya límpida corriente, antes de atravesar el pueblo y alimentar el Amarguillo, sació en no pocas ocasiones a nuestro histórico Gran Pecado Mayor Francisquete y a El Empecinado, y antes lo hizo a Almanzor, y antes a Marco Fulvio Nobilior… No menos increíble era contemplar a las mozas del pueblo inclinarse sobre el brocal a llenar sin sogas sus cántaros y alcarrazas: les veíamos el nacimiento de los senos y los más audaces las corvas y tiritábamos de regocijo y ensueños. Pero ninguno de estos jóvenes verá cosas tan grandes y tan prodigiosas porque ya no quedan lobos, no quedan bosques y tampoco queda el pozo de la guindalera, que ha sido encerrado como una alimaña, las mujeres han imitado pavorosamente el comportamiento del varón, y porque ya nadie sueña.

 

Creo que no me estoy explicando. Nadie puede entenderme. Estoy solo.

 

Soy un elegido.

 

Se perdió la pureza y quedó la pantomima.

 

Sepan, no obstante, que ninguno de los elegidos deja de probar esa agua, que es sencilla libación con la Madre Tierra y por ende con nuestra Señora. Luego, ya que no tiene forma de llegar, la llevamos en secreta procesión hasta nuestro río Amarguillo, que es el río más triste y maltratado del mundo.

 

Eran otros tiempos. Éramos hombres.

 

En verdad vienen malas cosechas para la sinceridad.

 

Beatorros atrabiliarios y ritos infantiloides o de loco.

 

Va llegando mi turno.

 

Casualidades del protocolo, tengo delante de mí al Percherón.

 

Creo que ya les he hablado del Percherón, ese cacique al que de joven le monté a todas sus hembras. Otro día les hablaré de ello, que es asunto no poco jugoso y de mucho gusto.



Por supuesto, este cagaliendres no forma parte de los elegidos. Y no tiene ni idea de la revelación y probablemente ni sospecha su existencia. Es el gran beatorro. El que más da a la cofradía y más se rasga las vestiduras. Estuvieron a punto de echarlo hace unos años cuando lisió de muerte a una muchacha que no se dejó seducir, incrustándola unas tijeras de podar por la vagina, pero dado que la Innombrable no está segura de que las mujeres sean seres humanos, decidieron no expulsarlo. ¡Perros blasfemos! (Domini canes) Enajenaron algo tan sagrado como la familia con sus dogmas delirantes y se metieron en nuestra tradición de la misma manera que se apoderaron de los panteones o del día del solsticio de invierno para hacernos creer que ese día había nacido su «redentor»… Pero ya la falacia ha durado demasiado, ya no podemos aguantar más: porque no somos rebaño, porque no queremos seguir destripando terrones para ellos y porque a golpes de azadonazos irredentos queremos el gozo aquí y ahora. Y ello antes de que la devastación sea irreversible. Pues si nadie planta árboles, las alamedas no reverdecen y las viejas fuentes están mudas o borradas por la avaricia y el desdén del porvenir, qué será de la tierra que es como decir qué será de nuestros hijos. Nunca como hasta ahora fue tan urgente vindicar a nuestras deidades, que habrán de llegar sin truenos ni fuegos ni sangre ni guerras ni exigencias denigrantes y nadie tendrá que vestirse de saco ni cubrirse de ceniza.

 

Será una nueva revelación de piedad y reconciliación. Hay que darse prisa.

 

Hay que correr.

 

Me recoloco la careta, asiéndola por los pequeños cuernos, reminiscencia de las astas de la Diosa. ¿Acaso no he dicho que somos los depositarios de Su saber?

 

Apelad a ISIS.

 

No tendréis que matar a nadie, ni mutilaros, ni confesiones humillantes ante energúmenos erigidos en representantes de Dios, ni pagos de ninguna clase, y tampoco habrá en vuestras vidas «desviaciones sexuales» si no es con dolo de terceros. Las palabras culpa y pecado dejarán de ser trampas morales. Seréis libres. Y si no cumplís con sus sencillos ritos tampoco pasa nada, es sólo que…

 

Es sólo que no comprenderéis el UNIVERSO.

 

La oscuridad entre mi rostro y la máscara, el sonido de mi propio resuello, el anhelo de mi alma inmune al triunfo de la Innombrable…

 

No hay postración, no hay año, nublo ni aguacero que no haga esta carrera sin contemplar a la Diosa. Soy un elegido.

 

Siento batir el rojo serenero a mis espaldas.

 

Siento que soy el guía de miles de hombres. Soy su jefe. Soy su faraón. Soy un milano que ya remonta hacia la Luz.

 

Mis alas rojas por sobre mi traje negro son otra alegoría. ¡¿Es que no podéis verla!?...

 

Mirad con los ojos del espíritu. Y cuando os cuenten esto recordad que ya estaba escrito.

 

Que un paleto renqueante aleteó como un pájaro de fuego, se alzó como un Fénix de calima una mañana de sol y de transmutación, y se fundió en la Luz… Y de pronto habrán pasado años, me habréis olvidado. Seré un sueño.

 

Pero no puedo hacerlo solo.

 

Es un día de lamento y de éxtasis para los seguidores de la verdadera religión.

 

No dejéis solo al Vuelarraco.

 

No dejéis de seguirme.

 

Respetad a las mujeres.

 

Salid del error.

 

Sabedlo ya: la faja violeta del Verraco Negro le delata como nuncio de la Innombrable.

 

Llorad bilis.

 

Corred la voz.

 

Cuidad la tierra.

 

¡Aullad conmigo!

 

*FIN*